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Cita final

Autor: Antonio Cosentino

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Cuento publicado el 18 de Febrero de 2012


Edificio viejo mantenido con mucho esfuerzo. Canteros con flores y pequeños espacios verdes llenos de tréboles que amortiguan el caer de los niños en sus juegos y tropiezos. Un eucalipto enorme y añoso da la sombra necesaria al paciente cuando sale a respirar aire puro al patio interno. Como todos los hospitales, aquel también tenía su morgue, séctor del mismo que no visitamos en vida, y es donde vamos a exhalar el último suspiro.

Allí Don Fermín, hombre viejo y achacoso, es el señor del sector, privilegio que nadie pretende disputar o discutir. Mas él, después de treinta años en el lugar aprendió a amar cada cosa, cada conservadora y más de una vez se le escuchó hablar con los muertos.
Nadie conoce más historia del viejo hospital que él. Quién sabe decir: soy el basurero de éste gigante de cemento, aquí no hay pobres ni ricos, pacientes o médicos, son simplemente mis queridos muertos.
Teodoro, el enfermero, siempre tomaba a chanza al viejo Fermín criticándole esa manía de hablarle a cuerpos inertes como a seres vivos y conscientes. El pobre hombre meneaba la cabeza de desordenada y blanca cabellera diciendo: ellos temen a éste lugar como cuando estaban vivos y yo los ayudo a sentirse bien hasta que se acostumbren a su nuevo estado, la muerte.
Por las noches, con su taburete a cuestas, se instala al lado de las cámaras que conservan los cuerpos hasta su entierro y les habla mansamente. No hay que desesperarse, todos tenemos el mismo destino aunque nos neguemos en vida a ésta realidad; aquí es donde nos convertimos todos en iguales ante el mundo. Vuestros seres queridos que hoy los lloran, mañana por necesidades de vida volverán a reír y gozar nuevamente, olvidándose paulatinamente de ustedes. Pero yo no. Yo estoy siempre con ustedes, aunque partan a otra morada, mis amigos y compañeros. Por eso nunca estoy solo, por eso siempre les cuento mis penurias a ustedes, mis queridos muertos.
El tiempo transcurre, y una noche, Don Fermín es despertado bruscamente. La alarma de accidente ha sonado y un presagio de nuevos amigos lo pone tenso. De repente se abre la puerta y muy pálido aparece Teodoro, el joven enfermero de las chanzas con el viejo. Ingresa con su uniforme blanco y saluda al morguero:

- Hola Don Fermín, he venido a hablar con usted y a saber más sobre los muertos.
El chirriar de cubiertas sobre el asfalto y una frenada brusca en la puerta de la morgue no permiten al viejo contestarle. El enfermero se corre a un costado y se abren las puertas empujadas por dos enfermeros trayendo un cuerpo inerte sobre una camilla.
- Que mala suerte pobre hombre, comentan. Un cruce de vías con la barrera alta a causa de un guarda dormido, y el tren de carga arrastró su auto despedazándolo por completo. Va a costar identificarlo. Todo suyo Don Fermín.
Teodoro se acerca al cuerpo del recién llegado, ya depositado sobre la fría mesa de mármol.
Observa con atención el cadáver y al llegar a las manos ve un anillo que le parece conocido, lo retira muy despacio del dedo, lo limpia con el reverso de su casaca y lee en la parte interna del mismo, Teodoro 14-10-55. Sorprendido levanta la cabeza aturdido y busca con la mirada al viejo señor de la morgue quien lo mira comprensivamente. Intenta balbucear algunas palabras, pero ningún sonido brota de su boca. Don Fermín mientras tanto tomó su viejo taburete y se sentó al lado del cuerpo destrozado.
- Así es Teodoro, a ti también te ha tocado y hoy estás aquí conmigo, compartiendo mi reino.



//alex


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