Y un día creí saber, porque alguien me halagó.
El misionero se sentía satisfecho. Diez años con los nativos había requerido gran esfuerzo. Pero muchos ya sabían sumar, leer e incluso escribir.
Deseaba volver a su tierra y sentir la civilización. Cada día se levantaba de la cama dispuesto a que fuera el último. A mitad de clase tomaba fuerzas preparándose para dar la noticia. Entonces veía sus negras caritas y los grandes ojos esperando aquello que tenia que decir, sus intenciones mermaban y se rendía un día más.
Y un día creí saber, porque alguien me halagó.
El misionero se sentía satisfecho. Diez años con los nativos había requerido gran esfuerzo. Pero muchos ya sabían sumar, leer e incluso escribir.
Deseaba volver a su tierra y sentir la civilización. Cada día se levantaba de la cama dispuesto a que fuera el último. A mitad de clase tomaba fuerzas preparándose para dar la noticia. Entonces veía sus negras caritas y los grandes ojos esperando aquello que tenia que decir, sus intenciones mermaban y se rendía un día más.
Consciente de que nadie iría a aquel inhóspito lugar, si marchaba todo se detendría y la ignorancia invadiría las pequeñas mentes. Para que el rebaño existiera era imprescindible el pastor.
Aquel día, caminó absorto en sus asuntos. Demasiado se alejó del poblado. Durante horas intento volver, mientras el hambre y la sed lo entorpecían haciéndolo caer y herirse.
Un nativo de seis años se cruzó en su camino. El niño partió el tallo de una planta con una piedra para ofrecérselo al misionero, este sació su sed con el dulce néctar de su interior. Luego aceptó unas raíces que masticó matando el hambre. Y sus heridas fueron cubiertas por un cieno que le alivió de inmediato. Entonces su salvador le cogió con su manita acompañándolo al poblado.
Nada más se sabe de este señor, pues al día siguiente marchó. Y su rostro mostraba preocupación. Unos dicen que por haber abandonado a los nativos... Otros creen que por haber perdido el tiempo.
Y yo... Hoy no lo sé.
//alex
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Autor: Jesus Cano
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Cuento publicado el 31 de Enero de 2013
El misionero se sentía satisfecho. Diez años con los nativos había requerido gran esfuerzo. Pero muchos ya sabían sumar, leer e incluso escribir.
Deseaba volver a su tierra y sentir la civilización. Cada día se levantaba de la cama dispuesto a que fuera el último. A mitad de clase tomaba fuerzas preparándose para dar la noticia. Entonces veía sus negras caritas y los grandes ojos esperando aquello que tenia que decir, sus intenciones mermaban y se rendía un día más.
El misionero se sentía satisfecho. Diez años con los nativos había requerido gran esfuerzo. Pero muchos ya sabían sumar, leer e incluso escribir.
Deseaba volver a su tierra y sentir la civilización. Cada día se levantaba de la cama dispuesto a que fuera el último. A mitad de clase tomaba fuerzas preparándose para dar la noticia. Entonces veía sus negras caritas y los grandes ojos esperando aquello que tenia que decir, sus intenciones mermaban y se rendía un día más.
Consciente de que nadie iría a aquel inhóspito lugar, si marchaba todo se detendría y la ignorancia invadiría las pequeñas mentes. Para que el rebaño existiera era imprescindible el pastor.
Aquel día, caminó absorto en sus asuntos. Demasiado se alejó del poblado. Durante horas intento volver, mientras el hambre y la sed lo entorpecían haciéndolo caer y herirse.
Un nativo de seis años se cruzó en su camino. El niño partió el tallo de una planta con una piedra para ofrecérselo al misionero, este sació su sed con el dulce néctar de su interior. Luego aceptó unas raíces que masticó matando el hambre. Y sus heridas fueron cubiertas por un cieno que le alivió de inmediato. Entonces su salvador le cogió con su manita acompañándolo al poblado.
Nada más se sabe de este señor, pues al día siguiente marchó. Y su rostro mostraba preocupación. Unos dicen que por haber abandonado a los nativos... Otros creen que por haber perdido el tiempo.
Y yo... Hoy no lo sé.
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