Siempre quiso ser grumete de un navío. Pasar desapercibido entre el temblor flotante de la madera, las órdenes incontestables de sus superiores, el olor y el sonido de las velas extendidas. También soñó alguna vez, menos, pero también, con ser portero de discoteca. Algo muy distinto, pero con otras satisfacciones igual de gratificantes: conocer gente, calibrar personalidades, erigirse en conciliador de peleas... le gustaban esos trabajos de medio pelo, en realidad -pensaba, y se mordía las uñas-, no le atraía ganar mucho dinero, no era avaricioso, ni el poder, a él lo que le gustaba era ser libre, ser feliz, sentir el placer que siente alguien que hace lo que le gusta...
Siempre quiso ser grumete de un navío. Pasar desapercibido entre el temblor flotante de la madera, las órdenes incontestables de sus superiores, el olor y el sonido de las velas extendidas. También soñó alguna vez, menos, pero también, con ser portero de discoteca. Algo muy distinto, pero con otras satisfacciones igual de gratificantes: conocer gente, calibrar personalidades, erigirse en conciliador de peleas... le gustaban esos trabajos de medio pelo, en realidad -pensaba, y se mordía las uñas-, no le atraía ganar mucho dinero, no era avaricioso, ni el poder, a él lo que le gustaba era ser libre, ser feliz, sentir el placer que siente alguien que hace lo que le gusta...
En mitad de estas ensoñaciones sonó el teléfono...
-¿Sí? contestó desganado
- Señor Ministro -era su secretaria- le esperan en la sala de reuniones.
El señor H., Ministro del Interior de un importante país europeo, bostezó (de cansancio, de tristeza), se anudó cuidadosamente la corbata y salió de su despacho con la cabeza baja y arrastrando los pies. "Quizás-meditaba-, si yo hubiera sido capaz...."
//alex
Sueños
Autor: Enrique Navas Benito
(3.25/5)
(13 puntos / 4 votos)
Cuento publicado el 03 de Mayo de 2013
En mitad de estas ensoñaciones sonó el teléfono...
-¿Sí? contestó desganado
- Señor Ministro -era su secretaria- le esperan en la sala de reuniones.
El señor H., Ministro del Interior de un importante país europeo, bostezó (de cansancio, de tristeza), se anudó cuidadosamente la corbata y salió de su despacho con la cabeza baja y arrastrando los pies. "Quizás-meditaba-, si yo hubiera sido capaz...."
Otros cuentos que seguro que te gustan:
- Los anteojos del abuelo
- Locura de amor infiel
- El hombre, la montaña y el tesoro
- Un pueblo fantasma más
- La niña del colegio
¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)
Últimos comentarios sobre este cuento