El maldito perro me mordió la mano. Otros cuentos


El maldito perro me mordió la mano

Autor: Gerardo Dominguez

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Cuento publicado el 03 de Junio de 2013


El maldito perro me mordió la mano, esta misma con la cual lo alimenté. Y hoy sin embargo, usa todas sus fuerzas para desdicharme por completo, hacer que me revele pasando un muy mal momento y dejando en mi convencimiento de que es un bicho despreciable, ingrato, con rabia y de coraje; pues no le basta con un golpecito de periódico, mientras cada vez está más dispuesto a quererme molestar.
El maldito perro me mordió la mano, esta misma con la cual lo alimenté. Y hoy sin embargo, usa todas sus fuerzas para desdicharme por completo, hacer que me revele pasando un muy mal momento y dejando en mi convencimiento de que es un bicho despreciable, ingrato, con rabia y de coraje; pues no le basta con un golpecito de periódico, mientras cada vez está más dispuesto a quererme molestar.
El maldito perro me mordió la mano, y creo que esta vez se le viene dura. Estaba comenzando el gran clásico de ajedrez por mi canal favorito de deportes, y este no paraba de ladrarle al árbol o quizás había un gato escalando entre las ramas, no lo sé. En su locura destrozó y socavó la vieja cepa de mi abuela y despedazó una sabana que estaba puesta a secar al sol. Sin mencionar todo el desastre que viene acumulando desde que dejó de ser un cachorro.
El maldito perro me mordió la mano, y ya no tolero más su desgraciada deslealtad. Tiene un patio gigante a disposición, y la privacidad absoluta que merece para que realice con la mayor frecuencia todas sus necesidades, pero… no lo sé. No cesa de hacer daño y alborotar mi paciencia, no lo entiendo.
El maldito perro me mordió la mano, justo cuando más necesitaba estar tranquilo. He tenido grandes dolores mentales esta semana a raíz de una deuda bancaria que no logro cancelar y las ventas en la textil… nada ha sido menos redituable este mes y en cuanto al perro; solo está para comer, producirme el gasto, y…
El maldito perro me mordió la mano, para cederme el culto a la más sagrada de las represalias. Ya no puedo seguir siendo un instructor ni este otro seguir siendo un malcriado. Y al final de cuentas, me ha valido más la vida todo este estrés que suscitar su compañía.

//alex


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