Otra vez esa sensación, ese deseo, esa tentación. Allí me encontraba reteniendo mis impulsos,
luchando contra aquel reflejo absolutamente natural. Me hallaba al borde, no iba a aguantar mucho más, como si intentara detener el cauce de un río con una cuchara. La derrota se encontraba a la vuelta de la esquina, caminaba hacia ella, y aunque intentaba ralentizar mis movimientos, el camino ya se había marcado, sin vuelta atrás. La luz de la esperanza se apagaba cada vez más y el entenebrecido final se veía cada vez más evidente.
Sólo una intervención divina cambiaría mi rumbo… pero aquel milagro nunca llegó.
Allí me encontraba yo y mi lucha interior: por un lado mi costado humano, instintivo, natural y por el otro mi naciente y creciente celo religioso.
¿Quién era yo? ¿Quién soy yo? ¿Un hombre idealista en busca de la perfección? ¿Acaso un animal que sólo buscaba dar de comer a sus instintos más básicos?
Ya no había tiempo para intentar responder de modo racional estas preguntas. Dos personalidades antagónicas no pueden convivir mucho tiempo sin destruir al huésped.
Y ese momento había llegado. Como dos enemigos, mis dos yo buscaban de manera insistente y sin descanso, aniquilarse.
Tenía que darle fin de forma urgente a este problema.
Dicen los que saben, que para salir de un problema lo primero que hay que hacer es identificarlo. Nada difícil para mí. El objeto de mi perdición tenía nombre y apellido: Fiorella Urrutia.
Nunca pensé que una mujer, una mortal, sacudiría los cimientos de mi vida, que pondría en duda y en decadencia mi pasión por Dios. Pero eso había sucedido. Aunque había luchado, cuando me encontraba con ella no podía resistir: sucumbía una y otra vez ante mis más bajos placeres.
Me encontraba totalmente indefenso ante sus encantos. Aquella frase leída alguna vez: “Sus manos suaves como las uvas, sus ojos profundos donde la noche alea. Frescos brazos de flor y regazo de rosa” pintaban mi desesperación.
¿Qué hombre podría resistir al embrujo de sus ojos? ¿Qué hombre podría resistir la dulce fragancia de su piel? ¿Qué hombre podría resistir a aquella voz de sirena? ¿Qué debía hacer? ¿Dejarla? ¡Qué más quisiera yo! Pero no podía, sencillamente no podía. Las sensaciones que ella provocaba en mí tenían un carácter único, y mi ser las necesitaba.
Una alternativa radical: abdicar de mi fe. Jamás. Si Fiorella provocaba sentimientos únicos en mí, cuánto más Dios. No podría concebir mi vida sin esa paz interior y sin esa plenitud, otorgadas por el Creador. Pero el fantasma de mi sensualidad…
Lo sagrado y lo profano, lo eterno y lo secular, lo santo y lo impuro, el cielo y el infierno se batían en duelo singular.
Torturado por mi conciencia llegué otro domingo más a la iglesia, buscando, ya casi sin esperanzas, una respuesta a mi dilema.
Pero esa tarde resultó diferente, no se trató de una reunión religiosa más: me había guiado a la solución de mi problema. Sentí que una sonrisa llegaba a mi cara. ¡Cuánta emoción! Había, al fin y al cabo, conseguido todos los instrumentos para salir de mi valle de sufrimiento. No podía esperar a salir de allí para ejecutar el plan perfecto que ya se había dibujado en mi mente.
Pensé todo con cuidado, el acto de mi redención tendría lugar el próximo fin de semana. Decidí no verla hasta ese entonces, la llamaría el jueves para encontrarnos el domingo y terminar con todo.
Casi no pude resistir, pero lo hice. No la vi en cuatro días. El jueves la llamé, y arreglamos para pasar la tarde del domingo, en casa, solos.
El domingo que marcaría un antes y un después en mi realidad llegó.
A las cinco de la tarde escuché que tocaban a la puerta. Abrí, y vi su figura, una postal impresionante: el sol cayendo generaba en su rostro un contraste de luces y sombras que la hacían parecer mucho más hermosa. Contra mis impulsos esquivé los dulces labios y besé su mejilla.
Nos sentamos a la mesa y hablamos cosas sin sentido, mates de por medio. La estrategia debía ponerse en marcha, eso me puso nervioso.
Después de una hora de charla finalmente me decidí y le dije:
—Fiore, vos sabés que yo te amo y quiero lo mejor para vos ―respiré profundo y seguí―: para mí es una necesidad que vos te conviertas a Dios, no puedo estar con alguien que disiente conmigo en un punto tan coyuntural de mi vida.
Ella me miró con esa cara de fastidio que ya había mostrado muchas veces y me respondió:
―Mi amor, esto ya lo hablamos muchas veces, y te vuelvo a decir lo que te digo siempre: yo respeto tu religión pero no la comparto. Yo no creo, pero eso no quiere decir que te incite a no creer.
―Pero es muy sencillo ―le expliqué con apuro―, es sólo decir una simple oración dale te lo pido por favor.
Sin levantar la mirada, con mucha lentitud, Fiorella cebó un mate, me lo pasó y dijo:
―Que diga unas palabras al aire no va a cambiar nada.
Cerré los ojos, incliné la cabeza y la apoyé en el puño. Ya sabía que esto pasaría.
Al entrar el agua del mate en mi boca, la última parte del plan llegó a mi mente.
—Se lavó —dije devolviéndoselo—. ¿Le cambiás la yerba?
Fiorella, con un gesto de molestia, agarró el mate y se dirigió a la cocina.
Yo la seguí.
Ella tiraba la yerba usada, de espaldas a mí. No quería hacerlo pero debía. Saqué el cuchillo más grande del cajón, se lo puse en el cuello y le dije:
―Si no repetís la oración conmigo, te mato.
Por la sorpresa, Fiorella se movió un poco y la filosa hoja rasgó la carne. Una línea de sangre comenzó a teñir la remera blanca.
―¿¡Dios mío!? —exclamó ella—. ¿Te volviste loco?
―Padre nuestro que estás en el cielo...
―¡Me estás asustando!
―¡Padre nuestro que estás en el cielo...!
—¿Qué querés qué haga, por favor?
—¡REZÁ CONMIGO!
―Está bien… Eeestá bien.
Ella, llorando, entre estertores, rezó conmigo el Padre Nuestro, haciéndome feliz.
Le saqué el cuchillo del cuello y, sin soltarlo, la abracé fuerte.
―¿Viste que no era tan difícil? ―le decía mientras ella temblaba frágil en mis brazos. Y agregué―: Ahora, vamos a estar juntos por toda la eternidad.
Pensé que se trataba del momento más feliz de mi vida, mi novia, después de tantas idas y vueltas, había aceptado al Señor.
Todo llegaba al final esperado.
Y la imagen del templo, en aquel domingo lluvioso, que me había invitado a la reflexión, a revisar mi espíritu, volvía a mi mente.
A mi mente volvía el final, justo el final del mensaje del pastor, aquel que me diera la palabra justa que tanto precisaba.
El sermón trató de la vida de Jehú, un antiguo rey de Israel. Un gobernante, cuya mayor proeza consistió en encerrar en el templo, mediante engaños, a todos los profetas de Baal para eliminarlos cortándolos en pedazos.
“El buen cristiano debe aniquilar, aun a costa de sí mismo, a cualquier tropiezo o estorbo en su relación con Dios”, había dicho el oficiante. La frase resonó entonces en mi alma. Una trompeta de Jericó, llamándome a derribar las murallas que me separaban de mi libertad.
Entonces mi timidez, mi tibieza, que me hacían digno de ser vomitado, me avergonzaron.
―El buen cristiano… ―musité.
―¿Qué? ―me dijo ella, temblorosa.
―Que no sientas a esto como un adiós ―hundí el cuchillo en el vientre―. Es un hasta pronto.
//alex
Dichótomos
Autor: Juan Ramiro Berdasagar
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Cuento publicado el 24 de Octubre de 2013
luchando contra aquel reflejo absolutamente natural. Me hallaba al borde, no iba a aguantar mucho más, como si intentara detener el cauce de un río con una cuchara. La derrota se encontraba a la vuelta de la esquina, caminaba hacia ella, y aunque intentaba ralentizar mis movimientos, el camino ya se había marcado, sin vuelta atrás. La luz de la esperanza se apagaba cada vez más y el entenebrecido final se veía cada vez más evidente.
Sólo una intervención divina cambiaría mi rumbo… pero aquel milagro nunca llegó.
Allí me encontraba yo y mi lucha interior: por un lado mi costado humano, instintivo, natural y por el otro mi naciente y creciente celo religioso.
¿Quién era yo? ¿Quién soy yo? ¿Un hombre idealista en busca de la perfección? ¿Acaso un animal que sólo buscaba dar de comer a sus instintos más básicos?
Ya no había tiempo para intentar responder de modo racional estas preguntas. Dos personalidades antagónicas no pueden convivir mucho tiempo sin destruir al huésped.
Y ese momento había llegado. Como dos enemigos, mis dos yo buscaban de manera insistente y sin descanso, aniquilarse.
Tenía que darle fin de forma urgente a este problema.
Dicen los que saben, que para salir de un problema lo primero que hay que hacer es identificarlo. Nada difícil para mí. El objeto de mi perdición tenía nombre y apellido: Fiorella Urrutia.
Nunca pensé que una mujer, una mortal, sacudiría los cimientos de mi vida, que pondría en duda y en decadencia mi pasión por Dios. Pero eso había sucedido. Aunque había luchado, cuando me encontraba con ella no podía resistir: sucumbía una y otra vez ante mis más bajos placeres.
Me encontraba totalmente indefenso ante sus encantos. Aquella frase leída alguna vez: “Sus manos suaves como las uvas, sus ojos profundos donde la noche alea. Frescos brazos de flor y regazo de rosa” pintaban mi desesperación.
¿Qué hombre podría resistir al embrujo de sus ojos? ¿Qué hombre podría resistir la dulce fragancia de su piel? ¿Qué hombre podría resistir a aquella voz de sirena? ¿Qué debía hacer? ¿Dejarla? ¡Qué más quisiera yo! Pero no podía, sencillamente no podía. Las sensaciones que ella provocaba en mí tenían un carácter único, y mi ser las necesitaba.
Una alternativa radical: abdicar de mi fe. Jamás. Si Fiorella provocaba sentimientos únicos en mí, cuánto más Dios. No podría concebir mi vida sin esa paz interior y sin esa plenitud, otorgadas por el Creador. Pero el fantasma de mi sensualidad…
Lo sagrado y lo profano, lo eterno y lo secular, lo santo y lo impuro, el cielo y el infierno se batían en duelo singular.
Torturado por mi conciencia llegué otro domingo más a la iglesia, buscando, ya casi sin esperanzas, una respuesta a mi dilema.
Pero esa tarde resultó diferente, no se trató de una reunión religiosa más: me había guiado a la solución de mi problema. Sentí que una sonrisa llegaba a mi cara. ¡Cuánta emoción! Había, al fin y al cabo, conseguido todos los instrumentos para salir de mi valle de sufrimiento. No podía esperar a salir de allí para ejecutar el plan perfecto que ya se había dibujado en mi mente.
Pensé todo con cuidado, el acto de mi redención tendría lugar el próximo fin de semana. Decidí no verla hasta ese entonces, la llamaría el jueves para encontrarnos el domingo y terminar con todo.
Casi no pude resistir, pero lo hice. No la vi en cuatro días. El jueves la llamé, y arreglamos para pasar la tarde del domingo, en casa, solos.
El domingo que marcaría un antes y un después en mi realidad llegó.
A las cinco de la tarde escuché que tocaban a la puerta. Abrí, y vi su figura, una postal impresionante: el sol cayendo generaba en su rostro un contraste de luces y sombras que la hacían parecer mucho más hermosa. Contra mis impulsos esquivé los dulces labios y besé su mejilla.
Nos sentamos a la mesa y hablamos cosas sin sentido, mates de por medio. La estrategia debía ponerse en marcha, eso me puso nervioso.
Después de una hora de charla finalmente me decidí y le dije:
—Fiore, vos sabés que yo te amo y quiero lo mejor para vos ―respiré profundo y seguí―: para mí es una necesidad que vos te conviertas a Dios, no puedo estar con alguien que disiente conmigo en un punto tan coyuntural de mi vida.
Ella me miró con esa cara de fastidio que ya había mostrado muchas veces y me respondió:
―Mi amor, esto ya lo hablamos muchas veces, y te vuelvo a decir lo que te digo siempre: yo respeto tu religión pero no la comparto. Yo no creo, pero eso no quiere decir que te incite a no creer.
―Pero es muy sencillo ―le expliqué con apuro―, es sólo decir una simple oración dale te lo pido por favor.
Sin levantar la mirada, con mucha lentitud, Fiorella cebó un mate, me lo pasó y dijo:
―Que diga unas palabras al aire no va a cambiar nada.
Cerré los ojos, incliné la cabeza y la apoyé en el puño. Ya sabía que esto pasaría.
Al entrar el agua del mate en mi boca, la última parte del plan llegó a mi mente.
—Se lavó —dije devolviéndoselo—. ¿Le cambiás la yerba?
Fiorella, con un gesto de molestia, agarró el mate y se dirigió a la cocina.
Yo la seguí.
Ella tiraba la yerba usada, de espaldas a mí. No quería hacerlo pero debía. Saqué el cuchillo más grande del cajón, se lo puse en el cuello y le dije:
―Si no repetís la oración conmigo, te mato.
Por la sorpresa, Fiorella se movió un poco y la filosa hoja rasgó la carne. Una línea de sangre comenzó a teñir la remera blanca.
―¿¡Dios mío!? —exclamó ella—. ¿Te volviste loco?
―Padre nuestro que estás en el cielo...
―¡Me estás asustando!
―¡Padre nuestro que estás en el cielo...!
—¿Qué querés qué haga, por favor?
—¡REZÁ CONMIGO!
―Está bien… Eeestá bien.
Ella, llorando, entre estertores, rezó conmigo el Padre Nuestro, haciéndome feliz.
Le saqué el cuchillo del cuello y, sin soltarlo, la abracé fuerte.
―¿Viste que no era tan difícil? ―le decía mientras ella temblaba frágil en mis brazos. Y agregué―: Ahora, vamos a estar juntos por toda la eternidad.
Pensé que se trataba del momento más feliz de mi vida, mi novia, después de tantas idas y vueltas, había aceptado al Señor.
Todo llegaba al final esperado.
Y la imagen del templo, en aquel domingo lluvioso, que me había invitado a la reflexión, a revisar mi espíritu, volvía a mi mente.
A mi mente volvía el final, justo el final del mensaje del pastor, aquel que me diera la palabra justa que tanto precisaba.
El sermón trató de la vida de Jehú, un antiguo rey de Israel. Un gobernante, cuya mayor proeza consistió en encerrar en el templo, mediante engaños, a todos los profetas de Baal para eliminarlos cortándolos en pedazos.
“El buen cristiano debe aniquilar, aun a costa de sí mismo, a cualquier tropiezo o estorbo en su relación con Dios”, había dicho el oficiante. La frase resonó entonces en mi alma. Una trompeta de Jericó, llamándome a derribar las murallas que me separaban de mi libertad.
Entonces mi timidez, mi tibieza, que me hacían digno de ser vomitado, me avergonzaron.
―El buen cristiano… ―musité.
―¿Qué? ―me dijo ella, temblorosa.
―Que no sientas a esto como un adiós ―hundí el cuchillo en el vientre―. Es un hasta pronto.
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