Hoy he ido hasta el caserón, cerca de la vieja ermita. Totalmente deshabitado y en ruinas aguarda ser derribado para construir, sobre el terreno que todavía ocupa, un hotel para el deleite de los turistas. Todo el tejado está como mordido por el paso del tiempo, dejando al descubierto gran parte del interior. La ventana de lo que fue la cocina, aunque muy deteriorada, conserva aún algo del aspecto que tuvo antaño.
Yo viví dos meses en ese lugar, habitado por mis abuelos y Dalma. Si no me falla la memoria, tenía unos siete años. Papá y mamá me dejaron allí por consejo médico, para tratar una enfermedad;”El aire puro lo cura todo…”-solía decir mi abuelo.
Casi todo el día lo pasaba en la cocina, junto a la abuela. Me gustaba mirar por la ventana, ver el mundo a través de ella. A Dalma le encantaba subirse al alféizar y acurrucarse plácidamente. La abuela le gritaba baja de ahí, gata mala, pero Dalma soltaba un maullido y continuaba tan pancha. Yo me sentaba en el taburete, recostado sobre el rebajo de la ventana, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados, y permanecía un buen rato en esa posición; mis ojos disfrutaban de la belleza que le ofrecía aquel paisaje.
Cuando los lugareños pasaban por los alrededores del caserón, les seguía con la mirada hasta que desaparecían de mi vista, y entonces me imaginaba que se metían por túneles secretos o que se los tragaba el campo sembrado por el que cruzaban. Pero yo sabía que a nadie le ocurría nada, pues también al abuelo lo vi desaparecer muchas veces, y siempre regresaba.
De tanto en tanto, la abuela se me acercaba, limpiaba sus manos ancianas en el delantal y acariciaba mi pelo mientras observaba por la ventana en silencio; Inmediatamente se daba la vuelta y continuaba con sus quehaceres.
Aún hoy no entiendo qué tenía aquella ventana que tanto me atraía. Por supuesto, no era la única que había en el caserón, pero sólo esa llamaba mi curiosidad.
Las veces que salía a jugar con Dalma sentía (o quizá imaginaba) que la ventana se ponía celosa por no estar recostado sobre ella, y en seguida abandonaba los juegos y volvía a ocupar mi sitio.
Ahora esa estancia es toda suciedad, maderas rotas, escombros…Paso mis manos por lo que queda de aquella ventana y juraría que me reconoce y llora.
También de mis ojos caen lágrimas, y pienso que, al igual que ella, formo parte de un cuerpo en ruinas que será derribado por el implacable transcurrir de la vida.
//alex
La ventana
Autor: Pedro Maldonado
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Cuento publicado el 01 de Octubre de 2015
Yo viví dos meses en ese lugar, habitado por mis abuelos y Dalma. Si no me falla la memoria, tenía unos siete años. Papá y mamá me dejaron allí por consejo médico, para tratar una enfermedad;”El aire puro lo cura todo…”-solía decir mi abuelo.
Casi todo el día lo pasaba en la cocina, junto a la abuela. Me gustaba mirar por la ventana, ver el mundo a través de ella. A Dalma le encantaba subirse al alféizar y acurrucarse plácidamente. La abuela le gritaba baja de ahí, gata mala, pero Dalma soltaba un maullido y continuaba tan pancha. Yo me sentaba en el taburete, recostado sobre el rebajo de la ventana, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados, y permanecía un buen rato en esa posición; mis ojos disfrutaban de la belleza que le ofrecía aquel paisaje.
Cuando los lugareños pasaban por los alrededores del caserón, les seguía con la mirada hasta que desaparecían de mi vista, y entonces me imaginaba que se metían por túneles secretos o que se los tragaba el campo sembrado por el que cruzaban. Pero yo sabía que a nadie le ocurría nada, pues también al abuelo lo vi desaparecer muchas veces, y siempre regresaba.
De tanto en tanto, la abuela se me acercaba, limpiaba sus manos ancianas en el delantal y acariciaba mi pelo mientras observaba por la ventana en silencio; Inmediatamente se daba la vuelta y continuaba con sus quehaceres.
Aún hoy no entiendo qué tenía aquella ventana que tanto me atraía. Por supuesto, no era la única que había en el caserón, pero sólo esa llamaba mi curiosidad.
Las veces que salía a jugar con Dalma sentía (o quizá imaginaba) que la ventana se ponía celosa por no estar recostado sobre ella, y en seguida abandonaba los juegos y volvía a ocupar mi sitio.
Ahora esa estancia es toda suciedad, maderas rotas, escombros…Paso mis manos por lo que queda de aquella ventana y juraría que me reconoce y llora.
También de mis ojos caen lágrimas, y pienso que, al igual que ella, formo parte de un cuerpo en ruinas que será derribado por el implacable transcurrir de la vida.
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