El viento, cortando como finas navajas quirurgicas su rostro. Las manos rígidas, tensas, tomando el volante, moviéndose con la precisión de reloj suizo. La caja de velocidades vibrando y rugiendo al ser forzada para alcanzar la máxima velocidad. La pista desierta uno que otro automóvil a lo lejos, ya sea al frente, o a través del retrovisor.
El viento, cortando como finas navajas quirurgicas su rostro. Las manos rígidas, tensas, tomando el volante, moviéndose con la precisión de reloj suizo. La caja de velocidades vibrando y rugiendo al ser forzada para alcanzar la máxima velocidad. La pista desierta uno que otro automóvil a lo lejos, ya sea al frente, o a través del retrovisor.
Como un rayo, se desplazaba el bólido. De vez en cuando un semáforo detenía su endiablada carrera. Pero estoicamente el pie respondía y los frenos chirriaban deteniendo esa maquina de velocidad. Al destello de la luz verde, el acelerador se hundía y el auto bramaba, devorando cual bestia hambrienta el asfalto.
Y así recorrió la pista montado en esa silla de madera, que piloteaba con gran destreza y que lo llevo hasta su casa. Con la cara perlada en sudor, se detuvo ante el viejo zaguán de la vecindad. Recordando el ondear de la bandera a cuadros en el momento de cruzar la meta, busco con manos temblorosas las llaves de la puerta.
Aventó la vieja silla de madera, robada de la terraza de un café, a un costado del sucio catre. Las piernas le temblaban, sediento busco abrigo en el raído cobertor, sin darse aún cuenta de que él, en las calles de la Ciudad de México, le había dado a la escudería “Hoffman” ¡su primer campeonato del mundo!
//alex
Campeonato
Autor: Gildardo Velasquillo
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Cuento publicado el 13 de Junio de 2016
Como un rayo, se desplazaba el bólido. De vez en cuando un semáforo detenía su endiablada carrera. Pero estoicamente el pie respondía y los frenos chirriaban deteniendo esa maquina de velocidad. Al destello de la luz verde, el acelerador se hundía y el auto bramaba, devorando cual bestia hambrienta el asfalto.
Y así recorrió la pista montado en esa silla de madera, que piloteaba con gran destreza y que lo llevo hasta su casa. Con la cara perlada en sudor, se detuvo ante el viejo zaguán de la vecindad. Recordando el ondear de la bandera a cuadros en el momento de cruzar la meta, busco con manos temblorosas las llaves de la puerta.
Aventó la vieja silla de madera, robada de la terraza de un café, a un costado del sucio catre. Las piernas le temblaban, sediento busco abrigo en el raído cobertor, sin darse aún cuenta de que él, en las calles de la Ciudad de México, le había dado a la escudería “Hoffman” ¡su primer campeonato del mundo!
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