Ni bien Bernardo y sus padres habían bajado del autobús que los había traído al parque nacional de Canaima, el locuaz y revoltoso niño brincaba compulsivamente mientras se dirigían a comprar las entradas. Una vez en el recinto, Bernardo corrió como loco hacia el claustro de los osos, ignorando a su madre quien enérgica e insistentemente le exigía detenerse. Los osos habían sido siempre sus animales favoritos. Una fuerza extraña lo atraía hacia ellos, sobre todo, los ojos. Aquéllos siniestros ojos parecían comunicarle algo, parecían embrujarlo. Él estaba obsesionado con esas bestias. -¡Se los come con los ojos! - Le había comentado en alguna ocasión el guardabosque al padre del niño. Meses antes, una de las osas había parido un par de crías y era la primera vez que el niño veía de cerca unos osillos. Aquellos oseznos daban vueltas y vueltas precipitosamente alrededor de su encierro. La fatiga parecía presa de ellos, mientras que el díscolo niño, sin quitarles la vista de encima, creía leer algo en la mirada lánguida de los oseznos: ¡Sálvanos! ¡Sálvanos! Entretanto, los padres de Bernardo se dirigían ya al santuario de las monarcas. -Berni, vamos a mirar a las mariposas - le había sugerido su madre, pero el niño con la cara pegada al barandal y sin perder de vista a los oseznos se encogió de hombros arguyendo: -¡No quiero ir, esos bichos voladores me dan miedo!- Leonor y Rodrigo eran fanáticos de las mariposas monarcas y se les ocurrió dejar al niño por unos instantes. Después de todo, el santuario de las mariposas estaba a solo metros de la galera de los plantígrados. -Si cambias de opinión, estaremos donde las monarcas- había concluido Rodrigo. Bernardo no escuchó o ignoró a su padre. De pronto, el niño alzó la mirada y observó algo en el follaje de uno de los árboles de las bestias. Su mirada fija se había detenido en un enorme panal de abejas. El enjambre daba vueltas y vueltas alrededor de la colmena como para mitigar el agobiante calor tropical. Repentinamente, aquellos bichos voladores emprendieron contra los oseznos mientras estos corrían enloquecidamente en círculos. Al principio, la osa no se percató de lo que le ocurría a sus crías porque permaneció echada hocico arriba. La gente apresuradamente se retiraba del área por temor a los insectos. No obstante, Bernardo permaneció solo e inmóvil por unos segundos, ahora estaba próximo al cerco de ladrillos. -¡Sálvanos!- creyó escuchar, y sin vacilar, trepó el cerco dirigiéndose a rescatar a los oseznos con una diminuta pistola de agua en mano que había sacado de uno de los bolsillos de su pantalón corto. La luz enceguecedora del sol vespertino le hizo perder el equilibrio cayendo de bruces en la mazmorra. – ¡Un niño se ha caído en la cueva de los osos! – gritó histéricamente una mujer que por ahí pasaba, llamando así la atención de los demás. A la osa, súbitamente, le vino un ímpetu de voracidad bestial y se abalanzó furibunda y resueltamente sobre la frágil humanidad de Bernardo. Con cada certero zarpazo de la fiera, el cuerpo de Bernardo se bamboleaba violentamente. El niño gritó y aunque muchos le escucharon era demasiado tarde. Al llegar al barandal, los padres del pequeño se encontraron con un mar de sangre y los gritos despavoridos de algunas mujeres. Rodrigo vio lo que había sucedido, su hijo yacía inmóvil y se interpuso para detener a su mujer, diciéndole: ¡No mires!, pero Leonor alcanzó a ver a Bernardo en medio del charco de sangre y solo consiguió aturdirse en umbroso sueño mientras su consternado marido, ahogado en llanto, la sostenía con lividez de muerte. Nadie advirtió que el enjambre se había alejado y desaparecía lentamente en lontananza.
Ni bien Bernardo y sus padres habían bajado del autobús que los había traído al parque nacional de Canaima, el locuaz y revoltoso niño brincaba compulsivamente mientras se dirigían a comprar las entradas. Una vez en el recinto, Bernardo corrió como loco hacia el claustro de los osos, ignorando a su madre quien enérgica e insistentemente le exigía detenerse. Los osos habían sido siempre sus animales favoritos. Una fuerza extraña lo atraía hacia ellos, sobre todo, los ojos. Aquéllos siniestros ojos parecían comunicarle algo, parecían embrujarlo. Él estaba obsesionado con esas bestias. -¡Se los come con los ojos! - Le había comentado en alguna ocasión el guardabosque al padre del niño. Meses antes, una de las osas había parido un par de crías y era la primera vez que el niño veía de cerca unos osillos. Aquellos oseznos daban vueltas y vueltas precipitosamente alrededor de su encierro. La fatiga parecía presa de ellos, mientras que el díscolo niño, sin quitarles la vista de encima, creía leer algo en la mirada lánguida de los oseznos: ¡Sálvanos! ¡Sálvanos! Entretanto, los padres de Bernardo se dirigían ya al santuario de las monarcas. -Berni, vamos a mirar a las mariposas - le había sugerido su madre, pero el niño con la cara pegada al barandal y sin perder de vista a los oseznos se encogió de hombros arguyendo: -¡No quiero ir, esos bichos voladores me dan miedo!- Leonor y Rodrigo eran fanáticos de las mariposas monarcas y se les ocurrió dejar al niño por unos instantes. Después de todo, el santuario de las mariposas estaba a solo metros de la galera de los plantígrados. -Si cambias de opinión, estaremos donde las monarcas- había concluido Rodrigo. Bernardo no escuchó o ignoró a su padre. De pronto, el niño alzó la mirada y observó algo en el follaje de uno de los árboles de las bestias. Su mirada fija se había detenido en un enorme panal de abejas. El enjambre daba vueltas y vueltas alrededor de la colmena como para mitigar el agobiante calor tropical. Repentinamente, aquellos bichos voladores emprendieron contra los oseznos mientras estos corrían enloquecidamente en círculos. Al principio, la osa no se percató de lo que le ocurría a sus crías porque permaneció echada hocico arriba. La gente apresuradamente se retiraba del área por temor a los insectos. No obstante, Bernardo permaneció solo e inmóvil por unos segundos, ahora estaba próximo al cerco de ladrillos. -¡Sálvanos!- creyó escuchar, y sin vacilar, trepó el cerco dirigiéndose a rescatar a los oseznos con una diminuta pistola de agua en mano que había sacado de uno de los bolsillos de su pantalón corto. La luz enceguecedora del sol vespertino le hizo perder el equilibrio cayendo de bruces en la mazmorra. – ¡Un niño se ha caído en la cueva de los osos! – gritó histéricamente una mujer que por ahí pasaba, llamando así la atención de los demás. A la osa, súbitamente, le vino un ímpetu de voracidad bestial y se abalanzó furibunda y resueltamente sobre la frágil humanidad de Bernardo. Con cada certero zarpazo de la fiera, el cuerpo de Bernardo se bamboleaba violentamente. El niño gritó y aunque muchos le escucharon era demasiado tarde. Al llegar al barandal, los padres del pequeño se encontraron con un mar de sangre y los gritos despavoridos de algunas mujeres. Rodrigo vio lo que había sucedido, su hijo yacía inmóvil y se interpuso para detener a su mujer, diciéndole: ¡No mires!, pero Leonor alcanzó a ver a Bernardo en medio del charco de sangre y solo consiguió aturdirse en umbroso sueño mientras su consternado marido, ahogado en llanto, la sostenía con lividez de muerte. Nadie advirtió que el enjambre se había alejado y desaparecía lentamente en lontananza.
//alex
Bernardo
Autor: Mike
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Cuento publicado el 29 de Agosto de 2016
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