Estoy poniendo mis cosas en unas cajas que conseguí en el comercio de la esquina. No es mucho lo que tengo para guardar, pero igual hace un par de horas que lo estoy haciendo. La encargada del edificio donde vivo me ayuda, está apurada porque le quedará libre el apartamento y podrá alquilarlo a mejor precio y seguro que será a más de una persona. A medida que lleno mis cajas las voy bajando y metiendo dentro del auto. Allí en la entrada del edificio se ha formado una fila de personas que están esperando que me vaya para subir a ver el lugar que dejé, para alquilarlo. Trato de no olvidarme de nada, cuando se vive durante un tiempo en un lugar se van dejando cosas guardadas en los rincones, reviso todo, ya está, esta es la última caja, el abrigo, los lentes, listo…
Ya hacía varios meses que me había anotado para dar clases en una ciudad lejana, hacía un buen tiempo que estaba sin trabajo, sobreviviendo con los últimos ahorros. Por fin el aviso del gobierno había llegado hacía dos día. Ya estaba un poco arrugado y no era muy explícito, solamente decía: “Debe presentarse en el centro de estudio a tomar posesión de su cargo en una semana a partir de la fecha”.Traía además la dirección y algunas señas para llegar a la ciudad. Cuando llegó el aviso, la encargada estaba más feliz que yo, nos llevábamos bien, pero estaba apurada porque me fuera.
Fui a saludarla a su apartamento y le pedí que guardara cualquier cosa que fuera mía, que pasaría a buscarla.
-Muchas gracias, le dije, y me marché. No sabía si debía besarla, darle la mano o qué, opté por un breve movimiento con mi mano, un chau.
Puse las últimas cosas adentro del auto, fui hasta el comercio de la esquina a saludar al propietario y aproveché para comprar un par de botellas de agua y una bocata para cuando llegara el momento de descansar.
El auto es bastante viejo, pero he tenido la precaución de mantenerlo en buen estado porque sabía que llegaría el momento que tendría que viajar, hace mucho que lo tengo y no me ha dejado a pie nunca. Arranqué suave, sin exigirlo, salí lentamente de la ciudad y tomé la carretera que va hacia el norte. No se veía a nadie, ningún auto, algunas animales a lo lejos a medida que me iba adentrando en las zonas rurales propiamente dichas. ¡Qué suerte que salí temprano!, no hace calor y puedo andar un buen rato sin parar. Según los datos que tengo, antes del atardecer debo estar llegando a mi nuevo destino.
Ya está el sol sobre mi cabeza, me he cruzado con algunos camiones, he visto algunas viviendas y algunas personas a pie y otras a caballo. Me detengo a descansar en una sombra, salgo a estirar las piernas. Me tiro en el pasto con mi bocata y el agua. Como lentamente, dejo algo para mas tarde, cabeceo un sueñito, me mojo un poco la cara con agua de la botella y emprendo otra vez el camino.
Hace rato que estoy en la ruta, ya pasó el mediodía y algunas horas de la tarde. En el aviso dice que, cuando llegue a las vías del tren, doble a la izquierda que hay un caserío y que allí pregunte cómo llegar a la ciudad. Tardé mucho en llegar a la vía. Cuando por fin llegué, doblé a la izquierda y a los pocos minutos encontré “el caserío”, tres o cuatro ranchos apostados al lado de una calle de tierra que está paralela a la vía. No se ve a nadie, paro el auto, bajo de él, rebusco en mi bolsillo el aviso del gobierno, lo encuentro, lo estiro para poderlo leer bien. A lo lejos veo venir un hombre mayor, barba blanca, sombrero, ropa de trabajo, lo sigue un perro bastante parecido a él; la cabeza blanca y peluda y andar cansino. Me acerco al hombre y le muestro el aviso del gobierno y le pregunto:
-¿Me puede decir cómo hago para llegar a la ciudad?, voy a hacerme cargo del centro de estudios, acá tengo el aviso del gobierno.
El hombre parece no entender lo que le digo, me mira serio, toma el aviso del gobierno, lo mira, mueve la cabeza como sorprendido y sin decirme palabra me señala en dirección a la calle de tierra. Me entrega el papelucho y casi sin que me de cuenta se marcha.
Emprendo otra vez la marcha, la calle es de tierra y algunos pastos crecen sin orden. Supongo que la ciudad no puede estar muy lejos. Está anocheciendo, tengo hambre pero no me detendré a comer porque se hará tarde; quiero llegar pronto, necesito descansar. A medida que avanzo me parece que he equivocado el camino, la calle de tierra se está angostando y las mata de pasto son cada vez mas numerosas y mas grandes, ya es casi de noche. A los lados de la calle sólo se ve campo, ni gente ni animales.
Sigo en la misma senda, es de noche oscura, debajo del auto siento que solamente hay pasto, la calle de tierra se terminó, aminoro la marcha, ya casi no puedo andar mas, parece que el auto ha quedado atrapado en un pastizal. Se apagan las luces. Me detengo. Bajaré del auto, no, mejor me quedo, terminaré los restos del mediodía y dormiré hasta que amanezca, no puedo mas. El auto tiene que descansar, como yo. Antes de dormirme busco el aviso del gobierno en un bolsillo, lo leo nuevamente, aunque algunas palabras están borradas, se distingue claramente la fecha. Todavía tengo tiempo para llegar.
Los rayos del sol reverberan en el vidrio del auto y me despierta, ¡uy! ¿qué hora es? ¡cómo he dormido! Me limpio los ojos con las manos y logro ver pasto y mas pasto alrededor del auto, bajo del auto para poder ver mejor. ¡Qué calor hace! Me levanto sobre los pies lo más que puedo para ver a mi alrededor. Subo al auto, doy marcha atrás, las luces siguen sin encender, quién sabe qué pasó. Desando el camino de la noche anterior hasta encontrar restos de la calle de tierra, bajo otra vez del auto y trato de resolver por dónde debo ir.
¿Estaré en el camino correcto?, me pregunto. He preguntado esto tanta veces a lo largo de mi vida que ya me suena como un estribillo. Ahora no puedo volver atrás, debo encontrar el camino y llegar pronto a la ciudad donde voy a ejercer como docente.
Casi sin darme cuenta, a medida que avanzo, la triste calle de tierra se convierte en una carretera, no sé en qué momento sucedió, la distracción del viaje no me dejó percibir el cambio. Empiezo a ver algunas casas lejanas, algunos animales esparcidos en los campos, deseo llegar pronto, seguramente el día anterior erré el camino, según mis cálculos llevo varias horas de retraso. Mas allá de la media mañana, las casas aparecen mas seguidas a los lados de la carretera, comienzo a ver algunos hombres y mujeres trabajando en los campos, algunos vehículos se cruzan en mi camino. Seguramente estoy llegando.
A la entrada de la ciudad, un enorme cartel dice: “Bienvenidos a Pedernal”. Uno de los primeros edificios es el correo, allí me detengo, seguro aquí deben saber dónde está el centro de estudio. La calle está casi desierta, hace mucho calor, ya es el mediodía. Estaciono el auto a la sombra del edificio, bajo y tranco, por las dudas, no tengo muchas cosas de valor, pero aquí no conozco a nadie y tengo que tomar precauciones. El correo está en penumbras, un viejo ventilador da vueltas en el techo, casi por obligación mueve el aire caliente. Un enorme mostrador se extiende a lo ancho del espacio, del otro lado unos escritorios vacíos, claro es la hora del almuerzo. Mi estómago percibe esto y comienza a doler. Al fondo de todo hay una mujer, levanta la vista, me ve, y sigue en lo suyo. Por fin a un lado se abre una puerta, un hombre vestido con un mameluco gris y camisa blanca aparece, me mira, su mirada parece no verme.
-Buen día, señor, vengo a hacerme cargo del centro de estudio de esta ciudad, ¿me puede decir dónde esta?
Como no obtengo más respuesta que su mirada incrédula, busco en uno de mis bolsillos el aviso del gobierno, lo estiro y le digo: -Vea, aquí está el aviso del gobierno indicándome que me presente.
El hombre lo toma, lo lee, lo arruga, lo tira al piso y me dice: -Ha llegado tarde.
-No, no, le digo con desesperación, ¡mire la fecha!, ¡mire la fecha!
El hombre se da media vuelta repitiendo es tarde, muy tarde, y se va por la misma puerta por donde había entrado.
Recojo el papelucho, vuelvo a leer lo poco que queda de él, no es tarde, todavía tengo tiempo. –Señora, señora, llamo a la mujer que aún está sentada en un escritorio, ella ni me mira, no me responde, seguramente no me oye, el ruido del ventilar apaga mis gritos, seguro que no me oye…
Otra vez en la calle, el sol me enceguece, me duele el estómago cada vez mas, el hambre y la incomprensión me atormentan. Opto por matar a la primera, busco algún lugar donde poder comer, voy caminando y mirando a todos lados. La ciudad no es muy próspera, una larga calle con casas a ambos lados, algunas de dos pisos de hormigón, chapas y madera; algunas chimeneas y unas pocas tejas dan a esas viviendas un aire más señorial. Algunas otras viviendas lejanas engordan el aspecto de la ciudad. Muy pocas personas caminan al rayo del sol como yo, es la hora de la siesta. Algo falta, no sé qué, por fin veo un lugar que parece que venden comida. Es una casona baja, de material con techo de chapa, es vieja pero está recién pintada de violeta y sus puertas y ventanas exteriores son blancas, un enorme cartel, que aún no han pintado, está en su fachada. Una vez dentro, la penumbra reconforta mis pupilas, dos enormes ventiladores en el techo refrescan el ambiente, casi todo el espacio está ocupado de mesitas cubiertas de manteles blancos y sillas. Hacia un lado, cerca de una de las ventanas hay un mostrador, un cuaderno y una lapicera está sobre él. Detrás una mujer está sentada leyendo una revista, tiene el cabello largo teñido de rubio, su cara está maquillada un poco grotescamente, sus ojos son claros y bellos, pero parecen opacos con tanto color a su alrededor. Me mira, no me habla, pero su mirada es escrutadora, me acerco y le digo: -Buenas tarde, necesito comer algo, ¿qué me puede ofrecer?
-Carne con papas y ensalada
-Muy bien
-¿Quiere vino?¿Postre? ¿Pan?
-Solamente pan, gracias.
Me siento en una de las mesas al lado de una ventana, mientras espero observo la calle, desierta, silencio, calor, soledad.
Un hombre muy chiquito y medio encorvado se acerca a mi mesa con una bandeja, quizá esté rondando los cuarenta años, pero parece mucho mas viejo, su espalda como un signo de interrogación se bambolea junto con sus piernas. Allí está mi almuerzo, se me hace agua la boca, me duelen hasta las costillas de hambre. Por fin deposita la bandeja en la mesa. Se va.
-Muchas gracias, le digo.
La carne está estofada, las papas hervidas, la ensalada fresca; un penetrante aroma llenan mis fosas nasales, ¡cuántas horas hace que no como!, el plato es grande y está lleno, al lado hay un enorme trozo de pan y una jarra cervecera llena de agua con cubitos de hielo. Nada que ver con mi bocata y mi botella de agua. Me tomo mi tiempo, gozo con la comida tardía, descanso, entre bocado y bocado miro hacia la calle otra vez. De pronto recuerdo que dejé el auto en la sombra del correo, lo que es el hambre, me olvidé de todo. El temor se desvanece enseguida, disfrutaré de la comida y después iré a buscar el coche, la escuela y un lugar donde descansar.
Salgo a la calle luego de haber dejado el plato limpito, la satisfacción me adormece, estoy casi feliz. La mujer en el restaurante me indicó donde está la escuela y me ofreció alquilarme una habitación. Todo se está encaminando. Camino hasta el correo. El auto no está, entro, pregunto a la silenciosa mujer del escritorio, nada, es evidente que no me oye. Salgo otra vez a la calle, no sé que hacer, miro a todos lados, nadie, nada. Un hombre joven a lo lejos camina apresuradamente.
-¡Oiga Señor! ¡Señor!, grito, corro, me agito, me hará mal la comida. Al fin llego cerca de él. – Señor, se han llevado mi auto, tenía todas mis cosas en él, ¿usted sabe algo?
-Si lo dejó mucho tiempo estacionado es probable que se lo haya llevado la grúa.
-A dónde.
- Al corralón, seguro.
- ¿Y dónde queda el corralón?
- Del otro lado de la ciudad, siga por la calle principal, allí lo verá, pregunte.
-Gracias.
Ya es el atardecer, todavía hace calor, el cansancio enlentese mis piernas, son unas pocas cuadras, pero no llego nunca. Desde que llegué a la ciudad tengo una sensación extraña, hay poca gente, hay silencio, algo falta en el paisaje y no sé que es. El cansancio me está jugando una mala pasada, tengo que encontrar el auto, recoger mis cosas y dormir un rato antes de llegar a la escuela, necesito bañarme, no puedo llegar en este estado… Allí está el corralón, los portones están abiertos, entro, llamo, nadie aparece. Camino buscando mi auto, allí está en un rincón rodeado de otros autos. Una mujer muy joven aparece, me pregunta:
-¿Qué desea?
-Buenas tardes, ese es mi auto, lo necesito, tiene mis cosas adentro.
-Lo lamento, pero ya hemos cerrado, tendrá que venir mañana de mañana a retirarlo, ¿cuál es su nombre? ¿dónde vive?
-Me llamo Les, alquilaré una habitación en la pensión. Debo llegar a la escuela a primera hora de la mañana, me están esperando.
-¿Quién lo espera?
-Voy a hacerme cargo de la escuela, debí haberme presentado hoy, pero he tenido muchos contratiempos y llegaré tarde. Le dije mientras me alejaba con pesadumbre. Lentamente, otra vez me dirigí al restaurante-pensión donde había comido. Cuando llegué la mujer rubia ya no estaba, en su lugar un enorme hombre negro escuchaba música y tarareaba la canción. Me confundió un poco este cambio, pero igual me acerqué y le pedí para alquilar una habitación, -será por la noche-, le dije,- pero necesito bañarme y desayunar mañana bien temprano, se han llevado mi auto al corralón, debo retirarlo mañana y llegar a la escuela donde me esperan.
-¿Cómo se llama?
-Les
-Firme aquí. Me acercó el cuaderno donde había escrito mi nombre.-Mañana le pagará a Rosita.
-¿Quién es Rosita?
-La mujer que atiende aquí durante el día.
El hombre encorvado que me había servido la comida un rato antes, se acercó y me hizo un gesto para que lo siguiera. Salí detrás de el hacia un largo y estrecho corredor al final del cual había una puerta. La abrió y me dio paso.
La habitación es pequeña, hay una cama tendida, una mesita y una silla, no tiene ventanas, si hay una puerta amarilla al costado de la mesita, está cerrada con un pasador.
-Allí está el baño. Me dijo el hombrecito y se fue.
Me tiro en la cama, puedo dormirme en cualquier momento, me levanto, me voy al baño. Es estrecho, inodoro, lavabo y ducha. Abro la canilla del lavatorio, mojo mi cara, reviso si hay agua caliente en la ducho, no, no hay. No me importa, hace calor y necesito bañarme. Empiezo a sacarme la ropa sucia lentamente, de repente se abre una puerta, no la había visto, ¡hay dos puertas en el baño!
-Está ocupado, digo.
-Perdón, cierre la puerta cuando esté usando el baño.
Un solo baño para dos habitaciones contiguas, ¡qué horrible!, a medio vestir me acerco rápidamente a esa otra puerta, tiene una tranca, la corro. Abro la ducha y me meto en ella, el agua está fría pero reconfortante, me enjabono con una pequeña pastilla de jabón gastado que encuentro. Me enjuago y salgo, el agua fría no da para quedarse mucho. Manoteo una toalla que está colgada, parece limpia, pero lo dudo, no tengo otra opción. El baño me ha dado ganas de orinar, orino y me voy a la cama. Me meto en ella sin ropa, hace calor y además mi ropa está sucia, no tengo mas nada, mis cosas están en el auto.
Unos golpes fuertes me despiertan, -abran la puerta, abran la puerta, alguien grita. Pienso que estoy soñando, es una pesadilla, me quiero despertar y no puedo.
-Abran, abran. Otra vez
Ahora sí entiendo, dejé cerrada la otra puerta del baño. Salgo de la cama, los pies desnudos, el cuerpo caliente, corro hacia el baño,-¡Pucha!, el piso está mojado. Destrabo y me voy corriendo. Tranco con precaución mi puerta del baño. Concilio el sueño enseguida. Me voy deslizando suavemente en un tobogán de luces blancas y amarillas, todo está muy brillante al principio, luego, alguien va apagando las luces poco a poco hasta sumergirme en una completa oscuridad, no importa, ya duermo.
Un bullicioso grupo de chiquillos me rodean, estamos alegres, planeamos las vacaciones de invierno, escalaremos la montaña de piedras que se extiende al lado de la ciudad. Hacemos una lista de las cosas que necesitamos, muchos abrigos, comida, agua, buenas botas y elementos para escalar… tenemos que juntar plata para poder comprar lo que se necesite. De repente, los niños se esparcen y desaparecen, me rodea el silencio y la soledad otra vez. Hace calor, me despierto, me sorprendo por que desconozco el lugar. Todavía siento el bullicio de los niños en mi cabeza. A prisa me levanto, me ponga la misma ropa sucia del día anterior, ya hace calor. Quiero entrar al baño pero temo encontrarme con alguien dentro, tanteo el pestillo, golpeo con los nudillos suavemente.
-Está ocupado, oigo.
Espero unos minutos, por fin siento que destraban la puerta del lado de adentro del baño, entro suavemente pidiendo permiso, no hay nadie, solamente un desagradable olor característico de un baño compartido recién usado, tranco la otra puerta, me lavo la cara, ya no me animo a secármela, me enjuago la boca y orino, destranco y me voy. Salgo de mi habitación, recorro el pasillo hasta el comedor.
La mujer rubia espera en su lugar.
-Buen día, le digo.
-Buen día, ¿durmió bien?, me contesta.
-Si, gracias. Por favor dígame cuanto le debo.
-¿No va a desayunar?
-No, se me ha hecho tarde, tengo que ir a buscar el auto al corralón y después ir a la escuela.
-No se apure, no es necesario que lleve tanta prisa.
-Me están esperando.
-¿Quién?
-Tengo un aviso del gobierno para que me presente en mi puesto para dar clase. Tendría que haber ido a la escuela ayer.
-Tómese un café aunque sea.
Me lo sirve, lo tomo rápidamente, le pago lo adeudado con una pequeña propina, tanto como para que sepa que agradezco las atenciones. No es mucho porque poco tengo, pero empezaré con mi trabajo y dejaré otras propinas más generosas. Creo que no está acostumbrada a las propinas, muy poca gente hay en esta ciudad, no creo que vengan muchos forasteros, en fin, me voy a buscar el auto.
La misma mujer joven del día anterior está allí, me hace pasar a una oficina, me pide que tome asiento y que espere. Es una pequeña habitación, sin ventanas, hay algunos bancos recostados a la pared. Tomo asiento en uno de ellos bien cerca de la puerta. A los pocos minutos entra un hombre de mediana edad, grande, gordo y calvo; viene rezongando porque, según sentí, le han cerrado su negocio. La misma mujer le pide que pase y que se siente, igual que a mí. El hombre transpira mucho, está enojado, furioso, parece un león enjaulado, se para, se sienta y se vuelve a parar. Se abre la puerta, espero que me llamen, no, entra una mujer joven y muy bonita, sus ojos son muy claros, su cabello es amarillo, su piel es muy blanca, va muy bien vestida, lleva sombrero, cartera y zapatos con tacón. Ha entrado sola, sin que nadie la guíe, se sienta lo mas lejos posible de nosotros, parece que no respirara, no hace ningún ruido. Debe estar espantada de nuestros olores, yo con esta ropa puesta desde hace varios días y el hombre calvo que chorrea la traspiración. Luego entra una mujer muy anciana, encorvada, pelo blanco, con bastón, arrastra sus pies hasta el banco mas cercano que encuentra, con mucha dificultad se sienta. Espera igual que todos nosotros. El tiempo pasa, la mujer, que nos atendió, ni se ve. El gordo enojado sale a los gritos hacia el corralón, reclama que alguien vaya a reabrir su negocio, que tiene que trabajar, que tiene una familia para mantener, que no puede estar sentado allí sin hacer nada, que es un hombre honesto… y no sé cuantas cosas mas. La mujer lo hace volver a la habitación y le dice a la anciana que el alcalde la atenderá, se la lleva. Unos minutos mas tarde entra otro hombre, robusto, musculoso, grueso, tiene barba y bigotes, lleva un mameluco azul y camisa amarilla, su cabeza está tocada por un casco blanco. Nos miramos unos a otros, la rubia está nerviosa, el gordo enojado, el robusto tranquilo y yo… espero. Poco a poco, a medida de pasa el tiempo se van algunos y llegan otros, yo sigo esperando. –Señorita, la llamo cada vez que se abre la puerta para que entre o salga alguno. Ella ni me mira, menos me responde. Así paso la mañana, el mediodía y las primeras horas de la tarde. Por fin, a media tarde, cuando ya no queda nadie esperando, la mujer joven me viene a buscar y simplemente me dice que ya me puedo llevar el coche.
-Gracias, muchas gracias. Le digo en medio de una terrible confusión.
Otra vez se me ha ido el día sin hacer nada y sin poder llegar al centro de estudio. Todavía podría hacerlo, pero la frustración es mucha, también el cansancio de esperar inútilmente varias horas viendo el trajinar de tanta gente. Vuelvo a la pensión, ya está decidido, manejo por la calle principal con cuidado, tengo que abastecerme de combustible, busco dónde, comienzo a dar vueltas a derecha e izquierda. ¡Qué triste es esta ciudad! No hay ruidos, poca gente, pocos vehículos. Gente anciana, pocos jóvenes, no hay niños. ¡No hay niños! ¿Por qué no hay niños? ¿Dónde están? Detengo el auto, busco respuestas, ¿qué pasa? Rápidamente, sin pensar mucho vuelvo en dirección a la pensión. Bajo corriendo del auto, entro, busco a la mujer rubia en el mostrador, ya se fue, está el negro. Le digo que no he comido, le cuento todo lo que me sucedió, él me escucha y me mira con atención.
– ¿Comprende lo que le digo?, perdí el día en el corralón, no comí nada, me estoy quedando sin combustible en el auto, no pude todavía presentarme en mi trabajo, debo bañarme y ponerme ropa limpia, descansar y meditar. Y lo otro ¿dónde están los niños?
-¿Quiere comer pasta?, ya está pronta, le sirvo un poco de vino para que se relaje.
-Sí, gracias, me sentaré acá, comeré en el mostrador, así conversamos. ¿Dónde están los niños?
-Sírvase, coma con tranquilidad, hay tiempo, mientras come le iré a buscar combustible.
El negro me sirve y desaparece por la puerta del fondo, se va, no responde a mis interrogantes. Salgo a la puerta, miro hacia la calle, atardecer rosado tras la montaña de piedra, algunas nubes, el cielo está oscureciendo, casi nadie en la calle, un hombre a lo lejos que se acerca en bicicleta, otro enfrente camina junta a un perro. Las casas comienzan a encender sus luces. Entro, se me enfría la comida. Mientras como leo una revista que está allí en el mostrador, es muy vieja, tiene mas de cinco años, las fotos están borrosas, no puedo leer nada, aquí hay poca luz. Antes que termine entra el negro con un gran bidón con combustible.
-Aquí está, un asunto solucionado.
-Ponga todo en mi cuenta, me voy a mi cuarto.
Voy hasta el auto, busco en las cajas una muda de ropa limpia, se desacomoda un poco, lo arreglo así no más y entro. Una vez en el dormitorio busco el aviso del gobierno en mis bolsillos, no lo encuentro, no me importa, igual ya no se podía leer casi nada, ya estoy llegando tarde, mejor que no lo encuentre nunca, un enorme sentimiento de soledad me envuelve, soledad y desprotección, ¿seguiré adelante? Y si no ¿qué hago? Tengo que seguir aunque me desespere. Me acerco a la puerta del baño, la destrabo y llamo, como nadie contesta, entro. Tranco enseguida la otra puerta. Me saco la ropa sucia, abro la ducha, el frío me sobresalta, busco el jabón, me baño. Un retorcijón invade mi vientre, no tengo mas remedio que evacuar, el frío del agua enseguida de comer me descompuso. Vuelvo a darme otra ducha, me vuelvo a secar con la toalla que parece limpia pero no se sabe, destranco la puerta del otro cuarto y tranco la mía, me acuesto. El vino me pegó, fue sólo un vaso, pero me pegó. Me duermo. Dos niños están subiendo la montaña, miran hacia abajo, siguen escalando, cuando llegan a la cima me saluda con las manos, son dos ancianos tomados de la mano. Tras ellos, dos niños hacen lo mismo, suben, miran, saludan y son ancianos. Y así hasta que la cima está totalmente cubierta por el manto de nieve de las cabezas canas. Quiero ir tras ellos para detenerlos, para que no lleguen a la cima, retardar el ascenso, conocer los niños a mitad de camino, no lo logro, por mas que lo intento el camino es sólo para ellos, yo no subo aunque quiera, empiezo a caer en un pozo sin fin, caigo, caigo, caigo en un sueño profundo.
Temprano al otro día me visto y bajo, está la mujer rubia en el mostrador, me acerco.
-Buen día, tiene café.
-Si, buen día, sírvase, ¿cómo durmió?
-Mal
-¿Qué pasó?
-Tuve una pesadilla.
-No me cuente todavía, coma algo, no se cuentan las pesadillas en ayunas porque se hacen realidad.
-Ah, ¿si?, bueno.
Tomo el café amargo con dos bizcochos que puso la mujer junto a la taza.
-Soñé con niños que subía la montaña de piedra y llegaban hechos unos ancianos y me saludaban y yo que ría evitar que subieran y no podía.
-Y, ¿qué mas?
-Nada más, eso. A propósito, ¿no hay niños en esta ciudad?
-No
-¿Por qué?
-Se han ido
-¿Por qué?
-No había nadie que le enseñara a leer y escribir.
-¿Dónde se han ido?
-No lo sé, quizá a alguna ciudad vecina.
-Gracias, ponga todo en mi cuenta. Le digo mientras me voy corriendo.
-¿Cuál cuenta?
Ya no la escucho. Pongo el combustible en el tanque del auto. Enciendo y salgo a buscar el centro de estudio. Debo atravesar toda la ciudad y doblar hacia la izquierda en la penúltima calle y seguir tres cuadras y allí preguntar. Después de doblar trato de distinguir dónde puede ser, no veo nada que se le parezca, sigo andando, allí hay una mujer, quizá ella sepa.
-Señora, ¿dónde está el centro de estudio?
Me hace una seña que siga mas adelante. Sigo. Hay una pequeña capilla, es la primera que veo en la ciudad. Sus puertas están cerradas. Una mujer sentada en un banco está pidiendo limosnas. Tiene un cartel que dice: “soy ciega”, nadie pasa por ahí, sus manos están vacías.
-Señora, ¿sabe dónde está el centro de estudio?
-No lo sé.
-Gracias igual. Deposito una moneda en su mano extendida.
-Gracias.
Sigo adelante, la calle se termina. Bajo del auto y sigo caminando. A lo lejos se ve una edificación que parece abandonada. Llego allí. El edificio está muy viejo, despintado, descascarado, un poco sucio. El pasto crece desordenado. Algunas ventanas, las que están sanas, cerradas, la puerta está abierta, entro. Adentro todo está limpio y ordenado, desierto, triste, oscuro, los pupitres vacíos, los pizarrones limpios, los tinteros llenos, los libros sin abrir y los cuadernos en blanco.
Sentado en un banquito pequeño, en el fondo de un pasillo, está un hombre.
-Buen día, soy Les, vengo a trabajar aquí, recibí un aviso del gobierno, no lo tengo, lo perdí, sé que me he demorado, pero he tenido muchos contratiempos. ¿Dónde están los niños?
-Ya se han ido
-¿A dónde?
-A otra ciudad
-¿Por qué?
- Porque usted demoró mucho
-Vine lo más rápido que pude
-Demasiado tarde. Hace cinco años que se fue el último.
//alex
El aviso del gobierno
Autor: Susana Lago
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Cuento publicado el 19 de Octubre de 2016
Ya hacía varios meses que me había anotado para dar clases en una ciudad lejana, hacía un buen tiempo que estaba sin trabajo, sobreviviendo con los últimos ahorros. Por fin el aviso del gobierno había llegado hacía dos día. Ya estaba un poco arrugado y no era muy explícito, solamente decía: “Debe presentarse en el centro de estudio a tomar posesión de su cargo en una semana a partir de la fecha”.Traía además la dirección y algunas señas para llegar a la ciudad. Cuando llegó el aviso, la encargada estaba más feliz que yo, nos llevábamos bien, pero estaba apurada porque me fuera.
Fui a saludarla a su apartamento y le pedí que guardara cualquier cosa que fuera mía, que pasaría a buscarla.
-Muchas gracias, le dije, y me marché. No sabía si debía besarla, darle la mano o qué, opté por un breve movimiento con mi mano, un chau.
Puse las últimas cosas adentro del auto, fui hasta el comercio de la esquina a saludar al propietario y aproveché para comprar un par de botellas de agua y una bocata para cuando llegara el momento de descansar.
El auto es bastante viejo, pero he tenido la precaución de mantenerlo en buen estado porque sabía que llegaría el momento que tendría que viajar, hace mucho que lo tengo y no me ha dejado a pie nunca. Arranqué suave, sin exigirlo, salí lentamente de la ciudad y tomé la carretera que va hacia el norte. No se veía a nadie, ningún auto, algunas animales a lo lejos a medida que me iba adentrando en las zonas rurales propiamente dichas. ¡Qué suerte que salí temprano!, no hace calor y puedo andar un buen rato sin parar. Según los datos que tengo, antes del atardecer debo estar llegando a mi nuevo destino.
Ya está el sol sobre mi cabeza, me he cruzado con algunos camiones, he visto algunas viviendas y algunas personas a pie y otras a caballo. Me detengo a descansar en una sombra, salgo a estirar las piernas. Me tiro en el pasto con mi bocata y el agua. Como lentamente, dejo algo para mas tarde, cabeceo un sueñito, me mojo un poco la cara con agua de la botella y emprendo otra vez el camino.
Hace rato que estoy en la ruta, ya pasó el mediodía y algunas horas de la tarde. En el aviso dice que, cuando llegue a las vías del tren, doble a la izquierda que hay un caserío y que allí pregunte cómo llegar a la ciudad. Tardé mucho en llegar a la vía. Cuando por fin llegué, doblé a la izquierda y a los pocos minutos encontré “el caserío”, tres o cuatro ranchos apostados al lado de una calle de tierra que está paralela a la vía. No se ve a nadie, paro el auto, bajo de él, rebusco en mi bolsillo el aviso del gobierno, lo encuentro, lo estiro para poderlo leer bien. A lo lejos veo venir un hombre mayor, barba blanca, sombrero, ropa de trabajo, lo sigue un perro bastante parecido a él; la cabeza blanca y peluda y andar cansino. Me acerco al hombre y le muestro el aviso del gobierno y le pregunto:
-¿Me puede decir cómo hago para llegar a la ciudad?, voy a hacerme cargo del centro de estudios, acá tengo el aviso del gobierno.
El hombre parece no entender lo que le digo, me mira serio, toma el aviso del gobierno, lo mira, mueve la cabeza como sorprendido y sin decirme palabra me señala en dirección a la calle de tierra. Me entrega el papelucho y casi sin que me de cuenta se marcha.
Emprendo otra vez la marcha, la calle es de tierra y algunos pastos crecen sin orden. Supongo que la ciudad no puede estar muy lejos. Está anocheciendo, tengo hambre pero no me detendré a comer porque se hará tarde; quiero llegar pronto, necesito descansar. A medida que avanzo me parece que he equivocado el camino, la calle de tierra se está angostando y las mata de pasto son cada vez mas numerosas y mas grandes, ya es casi de noche. A los lados de la calle sólo se ve campo, ni gente ni animales.
Sigo en la misma senda, es de noche oscura, debajo del auto siento que solamente hay pasto, la calle de tierra se terminó, aminoro la marcha, ya casi no puedo andar mas, parece que el auto ha quedado atrapado en un pastizal. Se apagan las luces. Me detengo. Bajaré del auto, no, mejor me quedo, terminaré los restos del mediodía y dormiré hasta que amanezca, no puedo mas. El auto tiene que descansar, como yo. Antes de dormirme busco el aviso del gobierno en un bolsillo, lo leo nuevamente, aunque algunas palabras están borradas, se distingue claramente la fecha. Todavía tengo tiempo para llegar.
Los rayos del sol reverberan en el vidrio del auto y me despierta, ¡uy! ¿qué hora es? ¡cómo he dormido! Me limpio los ojos con las manos y logro ver pasto y mas pasto alrededor del auto, bajo del auto para poder ver mejor. ¡Qué calor hace! Me levanto sobre los pies lo más que puedo para ver a mi alrededor. Subo al auto, doy marcha atrás, las luces siguen sin encender, quién sabe qué pasó. Desando el camino de la noche anterior hasta encontrar restos de la calle de tierra, bajo otra vez del auto y trato de resolver por dónde debo ir.
¿Estaré en el camino correcto?, me pregunto. He preguntado esto tanta veces a lo largo de mi vida que ya me suena como un estribillo. Ahora no puedo volver atrás, debo encontrar el camino y llegar pronto a la ciudad donde voy a ejercer como docente.
Casi sin darme cuenta, a medida que avanzo, la triste calle de tierra se convierte en una carretera, no sé en qué momento sucedió, la distracción del viaje no me dejó percibir el cambio. Empiezo a ver algunas casas lejanas, algunos animales esparcidos en los campos, deseo llegar pronto, seguramente el día anterior erré el camino, según mis cálculos llevo varias horas de retraso. Mas allá de la media mañana, las casas aparecen mas seguidas a los lados de la carretera, comienzo a ver algunos hombres y mujeres trabajando en los campos, algunos vehículos se cruzan en mi camino. Seguramente estoy llegando.
A la entrada de la ciudad, un enorme cartel dice: “Bienvenidos a Pedernal”. Uno de los primeros edificios es el correo, allí me detengo, seguro aquí deben saber dónde está el centro de estudio. La calle está casi desierta, hace mucho calor, ya es el mediodía. Estaciono el auto a la sombra del edificio, bajo y tranco, por las dudas, no tengo muchas cosas de valor, pero aquí no conozco a nadie y tengo que tomar precauciones. El correo está en penumbras, un viejo ventilador da vueltas en el techo, casi por obligación mueve el aire caliente. Un enorme mostrador se extiende a lo ancho del espacio, del otro lado unos escritorios vacíos, claro es la hora del almuerzo. Mi estómago percibe esto y comienza a doler. Al fondo de todo hay una mujer, levanta la vista, me ve, y sigue en lo suyo. Por fin a un lado se abre una puerta, un hombre vestido con un mameluco gris y camisa blanca aparece, me mira, su mirada parece no verme.
-Buen día, señor, vengo a hacerme cargo del centro de estudio de esta ciudad, ¿me puede decir dónde esta?
Como no obtengo más respuesta que su mirada incrédula, busco en uno de mis bolsillos el aviso del gobierno, lo estiro y le digo: -Vea, aquí está el aviso del gobierno indicándome que me presente.
El hombre lo toma, lo lee, lo arruga, lo tira al piso y me dice: -Ha llegado tarde.
-No, no, le digo con desesperación, ¡mire la fecha!, ¡mire la fecha!
El hombre se da media vuelta repitiendo es tarde, muy tarde, y se va por la misma puerta por donde había entrado.
Recojo el papelucho, vuelvo a leer lo poco que queda de él, no es tarde, todavía tengo tiempo. –Señora, señora, llamo a la mujer que aún está sentada en un escritorio, ella ni me mira, no me responde, seguramente no me oye, el ruido del ventilar apaga mis gritos, seguro que no me oye…
Otra vez en la calle, el sol me enceguece, me duele el estómago cada vez mas, el hambre y la incomprensión me atormentan. Opto por matar a la primera, busco algún lugar donde poder comer, voy caminando y mirando a todos lados. La ciudad no es muy próspera, una larga calle con casas a ambos lados, algunas de dos pisos de hormigón, chapas y madera; algunas chimeneas y unas pocas tejas dan a esas viviendas un aire más señorial. Algunas otras viviendas lejanas engordan el aspecto de la ciudad. Muy pocas personas caminan al rayo del sol como yo, es la hora de la siesta. Algo falta, no sé qué, por fin veo un lugar que parece que venden comida. Es una casona baja, de material con techo de chapa, es vieja pero está recién pintada de violeta y sus puertas y ventanas exteriores son blancas, un enorme cartel, que aún no han pintado, está en su fachada. Una vez dentro, la penumbra reconforta mis pupilas, dos enormes ventiladores en el techo refrescan el ambiente, casi todo el espacio está ocupado de mesitas cubiertas de manteles blancos y sillas. Hacia un lado, cerca de una de las ventanas hay un mostrador, un cuaderno y una lapicera está sobre él. Detrás una mujer está sentada leyendo una revista, tiene el cabello largo teñido de rubio, su cara está maquillada un poco grotescamente, sus ojos son claros y bellos, pero parecen opacos con tanto color a su alrededor. Me mira, no me habla, pero su mirada es escrutadora, me acerco y le digo: -Buenas tarde, necesito comer algo, ¿qué me puede ofrecer?
-Carne con papas y ensalada
-Muy bien
-¿Quiere vino?¿Postre? ¿Pan?
-Solamente pan, gracias.
Me siento en una de las mesas al lado de una ventana, mientras espero observo la calle, desierta, silencio, calor, soledad.
Un hombre muy chiquito y medio encorvado se acerca a mi mesa con una bandeja, quizá esté rondando los cuarenta años, pero parece mucho mas viejo, su espalda como un signo de interrogación se bambolea junto con sus piernas. Allí está mi almuerzo, se me hace agua la boca, me duelen hasta las costillas de hambre. Por fin deposita la bandeja en la mesa. Se va.
-Muchas gracias, le digo.
La carne está estofada, las papas hervidas, la ensalada fresca; un penetrante aroma llenan mis fosas nasales, ¡cuántas horas hace que no como!, el plato es grande y está lleno, al lado hay un enorme trozo de pan y una jarra cervecera llena de agua con cubitos de hielo. Nada que ver con mi bocata y mi botella de agua. Me tomo mi tiempo, gozo con la comida tardía, descanso, entre bocado y bocado miro hacia la calle otra vez. De pronto recuerdo que dejé el auto en la sombra del correo, lo que es el hambre, me olvidé de todo. El temor se desvanece enseguida, disfrutaré de la comida y después iré a buscar el coche, la escuela y un lugar donde descansar.
Salgo a la calle luego de haber dejado el plato limpito, la satisfacción me adormece, estoy casi feliz. La mujer en el restaurante me indicó donde está la escuela y me ofreció alquilarme una habitación. Todo se está encaminando. Camino hasta el correo. El auto no está, entro, pregunto a la silenciosa mujer del escritorio, nada, es evidente que no me oye. Salgo otra vez a la calle, no sé que hacer, miro a todos lados, nadie, nada. Un hombre joven a lo lejos camina apresuradamente.
-¡Oiga Señor! ¡Señor!, grito, corro, me agito, me hará mal la comida. Al fin llego cerca de él. – Señor, se han llevado mi auto, tenía todas mis cosas en él, ¿usted sabe algo?
-Si lo dejó mucho tiempo estacionado es probable que se lo haya llevado la grúa.
-A dónde.
- Al corralón, seguro.
- ¿Y dónde queda el corralón?
- Del otro lado de la ciudad, siga por la calle principal, allí lo verá, pregunte.
-Gracias.
Ya es el atardecer, todavía hace calor, el cansancio enlentese mis piernas, son unas pocas cuadras, pero no llego nunca. Desde que llegué a la ciudad tengo una sensación extraña, hay poca gente, hay silencio, algo falta en el paisaje y no sé que es. El cansancio me está jugando una mala pasada, tengo que encontrar el auto, recoger mis cosas y dormir un rato antes de llegar a la escuela, necesito bañarme, no puedo llegar en este estado… Allí está el corralón, los portones están abiertos, entro, llamo, nadie aparece. Camino buscando mi auto, allí está en un rincón rodeado de otros autos. Una mujer muy joven aparece, me pregunta:
-¿Qué desea?
-Buenas tardes, ese es mi auto, lo necesito, tiene mis cosas adentro.
-Lo lamento, pero ya hemos cerrado, tendrá que venir mañana de mañana a retirarlo, ¿cuál es su nombre? ¿dónde vive?
-Me llamo Les, alquilaré una habitación en la pensión. Debo llegar a la escuela a primera hora de la mañana, me están esperando.
-¿Quién lo espera?
-Voy a hacerme cargo de la escuela, debí haberme presentado hoy, pero he tenido muchos contratiempos y llegaré tarde. Le dije mientras me alejaba con pesadumbre. Lentamente, otra vez me dirigí al restaurante-pensión donde había comido. Cuando llegué la mujer rubia ya no estaba, en su lugar un enorme hombre negro escuchaba música y tarareaba la canción. Me confundió un poco este cambio, pero igual me acerqué y le pedí para alquilar una habitación, -será por la noche-, le dije,- pero necesito bañarme y desayunar mañana bien temprano, se han llevado mi auto al corralón, debo retirarlo mañana y llegar a la escuela donde me esperan.
-¿Cómo se llama?
-Les
-Firme aquí. Me acercó el cuaderno donde había escrito mi nombre.-Mañana le pagará a Rosita.
-¿Quién es Rosita?
-La mujer que atiende aquí durante el día.
El hombre encorvado que me había servido la comida un rato antes, se acercó y me hizo un gesto para que lo siguiera. Salí detrás de el hacia un largo y estrecho corredor al final del cual había una puerta. La abrió y me dio paso.
La habitación es pequeña, hay una cama tendida, una mesita y una silla, no tiene ventanas, si hay una puerta amarilla al costado de la mesita, está cerrada con un pasador.
-Allí está el baño. Me dijo el hombrecito y se fue.
Me tiro en la cama, puedo dormirme en cualquier momento, me levanto, me voy al baño. Es estrecho, inodoro, lavabo y ducha. Abro la canilla del lavatorio, mojo mi cara, reviso si hay agua caliente en la ducho, no, no hay. No me importa, hace calor y necesito bañarme. Empiezo a sacarme la ropa sucia lentamente, de repente se abre una puerta, no la había visto, ¡hay dos puertas en el baño!
-Está ocupado, digo.
-Perdón, cierre la puerta cuando esté usando el baño.
Un solo baño para dos habitaciones contiguas, ¡qué horrible!, a medio vestir me acerco rápidamente a esa otra puerta, tiene una tranca, la corro. Abro la ducha y me meto en ella, el agua está fría pero reconfortante, me enjabono con una pequeña pastilla de jabón gastado que encuentro. Me enjuago y salgo, el agua fría no da para quedarse mucho. Manoteo una toalla que está colgada, parece limpia, pero lo dudo, no tengo otra opción. El baño me ha dado ganas de orinar, orino y me voy a la cama. Me meto en ella sin ropa, hace calor y además mi ropa está sucia, no tengo mas nada, mis cosas están en el auto.
Unos golpes fuertes me despiertan, -abran la puerta, abran la puerta, alguien grita. Pienso que estoy soñando, es una pesadilla, me quiero despertar y no puedo.
-Abran, abran. Otra vez
Ahora sí entiendo, dejé cerrada la otra puerta del baño. Salgo de la cama, los pies desnudos, el cuerpo caliente, corro hacia el baño,-¡Pucha!, el piso está mojado. Destrabo y me voy corriendo. Tranco con precaución mi puerta del baño. Concilio el sueño enseguida. Me voy deslizando suavemente en un tobogán de luces blancas y amarillas, todo está muy brillante al principio, luego, alguien va apagando las luces poco a poco hasta sumergirme en una completa oscuridad, no importa, ya duermo.
Un bullicioso grupo de chiquillos me rodean, estamos alegres, planeamos las vacaciones de invierno, escalaremos la montaña de piedras que se extiende al lado de la ciudad. Hacemos una lista de las cosas que necesitamos, muchos abrigos, comida, agua, buenas botas y elementos para escalar… tenemos que juntar plata para poder comprar lo que se necesite. De repente, los niños se esparcen y desaparecen, me rodea el silencio y la soledad otra vez. Hace calor, me despierto, me sorprendo por que desconozco el lugar. Todavía siento el bullicio de los niños en mi cabeza. A prisa me levanto, me ponga la misma ropa sucia del día anterior, ya hace calor. Quiero entrar al baño pero temo encontrarme con alguien dentro, tanteo el pestillo, golpeo con los nudillos suavemente.
-Está ocupado, oigo.
Espero unos minutos, por fin siento que destraban la puerta del lado de adentro del baño, entro suavemente pidiendo permiso, no hay nadie, solamente un desagradable olor característico de un baño compartido recién usado, tranco la otra puerta, me lavo la cara, ya no me animo a secármela, me enjuago la boca y orino, destranco y me voy. Salgo de mi habitación, recorro el pasillo hasta el comedor.
La mujer rubia espera en su lugar.
-Buen día, le digo.
-Buen día, ¿durmió bien?, me contesta.
-Si, gracias. Por favor dígame cuanto le debo.
-¿No va a desayunar?
-No, se me ha hecho tarde, tengo que ir a buscar el auto al corralón y después ir a la escuela.
-No se apure, no es necesario que lleve tanta prisa.
-Me están esperando.
-¿Quién?
-Tengo un aviso del gobierno para que me presente en mi puesto para dar clase. Tendría que haber ido a la escuela ayer.
-Tómese un café aunque sea.
Me lo sirve, lo tomo rápidamente, le pago lo adeudado con una pequeña propina, tanto como para que sepa que agradezco las atenciones. No es mucho porque poco tengo, pero empezaré con mi trabajo y dejaré otras propinas más generosas. Creo que no está acostumbrada a las propinas, muy poca gente hay en esta ciudad, no creo que vengan muchos forasteros, en fin, me voy a buscar el auto.
La misma mujer joven del día anterior está allí, me hace pasar a una oficina, me pide que tome asiento y que espere. Es una pequeña habitación, sin ventanas, hay algunos bancos recostados a la pared. Tomo asiento en uno de ellos bien cerca de la puerta. A los pocos minutos entra un hombre de mediana edad, grande, gordo y calvo; viene rezongando porque, según sentí, le han cerrado su negocio. La misma mujer le pide que pase y que se siente, igual que a mí. El hombre transpira mucho, está enojado, furioso, parece un león enjaulado, se para, se sienta y se vuelve a parar. Se abre la puerta, espero que me llamen, no, entra una mujer joven y muy bonita, sus ojos son muy claros, su cabello es amarillo, su piel es muy blanca, va muy bien vestida, lleva sombrero, cartera y zapatos con tacón. Ha entrado sola, sin que nadie la guíe, se sienta lo mas lejos posible de nosotros, parece que no respirara, no hace ningún ruido. Debe estar espantada de nuestros olores, yo con esta ropa puesta desde hace varios días y el hombre calvo que chorrea la traspiración. Luego entra una mujer muy anciana, encorvada, pelo blanco, con bastón, arrastra sus pies hasta el banco mas cercano que encuentra, con mucha dificultad se sienta. Espera igual que todos nosotros. El tiempo pasa, la mujer, que nos atendió, ni se ve. El gordo enojado sale a los gritos hacia el corralón, reclama que alguien vaya a reabrir su negocio, que tiene que trabajar, que tiene una familia para mantener, que no puede estar sentado allí sin hacer nada, que es un hombre honesto… y no sé cuantas cosas mas. La mujer lo hace volver a la habitación y le dice a la anciana que el alcalde la atenderá, se la lleva. Unos minutos mas tarde entra otro hombre, robusto, musculoso, grueso, tiene barba y bigotes, lleva un mameluco azul y camisa amarilla, su cabeza está tocada por un casco blanco. Nos miramos unos a otros, la rubia está nerviosa, el gordo enojado, el robusto tranquilo y yo… espero. Poco a poco, a medida de pasa el tiempo se van algunos y llegan otros, yo sigo esperando. –Señorita, la llamo cada vez que se abre la puerta para que entre o salga alguno. Ella ni me mira, menos me responde. Así paso la mañana, el mediodía y las primeras horas de la tarde. Por fin, a media tarde, cuando ya no queda nadie esperando, la mujer joven me viene a buscar y simplemente me dice que ya me puedo llevar el coche.
-Gracias, muchas gracias. Le digo en medio de una terrible confusión.
Otra vez se me ha ido el día sin hacer nada y sin poder llegar al centro de estudio. Todavía podría hacerlo, pero la frustración es mucha, también el cansancio de esperar inútilmente varias horas viendo el trajinar de tanta gente. Vuelvo a la pensión, ya está decidido, manejo por la calle principal con cuidado, tengo que abastecerme de combustible, busco dónde, comienzo a dar vueltas a derecha e izquierda. ¡Qué triste es esta ciudad! No hay ruidos, poca gente, pocos vehículos. Gente anciana, pocos jóvenes, no hay niños. ¡No hay niños! ¿Por qué no hay niños? ¿Dónde están? Detengo el auto, busco respuestas, ¿qué pasa? Rápidamente, sin pensar mucho vuelvo en dirección a la pensión. Bajo corriendo del auto, entro, busco a la mujer rubia en el mostrador, ya se fue, está el negro. Le digo que no he comido, le cuento todo lo que me sucedió, él me escucha y me mira con atención.
– ¿Comprende lo que le digo?, perdí el día en el corralón, no comí nada, me estoy quedando sin combustible en el auto, no pude todavía presentarme en mi trabajo, debo bañarme y ponerme ropa limpia, descansar y meditar. Y lo otro ¿dónde están los niños?
-¿Quiere comer pasta?, ya está pronta, le sirvo un poco de vino para que se relaje.
-Sí, gracias, me sentaré acá, comeré en el mostrador, así conversamos. ¿Dónde están los niños?
-Sírvase, coma con tranquilidad, hay tiempo, mientras come le iré a buscar combustible.
El negro me sirve y desaparece por la puerta del fondo, se va, no responde a mis interrogantes. Salgo a la puerta, miro hacia la calle, atardecer rosado tras la montaña de piedra, algunas nubes, el cielo está oscureciendo, casi nadie en la calle, un hombre a lo lejos que se acerca en bicicleta, otro enfrente camina junta a un perro. Las casas comienzan a encender sus luces. Entro, se me enfría la comida. Mientras como leo una revista que está allí en el mostrador, es muy vieja, tiene mas de cinco años, las fotos están borrosas, no puedo leer nada, aquí hay poca luz. Antes que termine entra el negro con un gran bidón con combustible.
-Aquí está, un asunto solucionado.
-Ponga todo en mi cuenta, me voy a mi cuarto.
Voy hasta el auto, busco en las cajas una muda de ropa limpia, se desacomoda un poco, lo arreglo así no más y entro. Una vez en el dormitorio busco el aviso del gobierno en mis bolsillos, no lo encuentro, no me importa, igual ya no se podía leer casi nada, ya estoy llegando tarde, mejor que no lo encuentre nunca, un enorme sentimiento de soledad me envuelve, soledad y desprotección, ¿seguiré adelante? Y si no ¿qué hago? Tengo que seguir aunque me desespere. Me acerco a la puerta del baño, la destrabo y llamo, como nadie contesta, entro. Tranco enseguida la otra puerta. Me saco la ropa sucia, abro la ducha, el frío me sobresalta, busco el jabón, me baño. Un retorcijón invade mi vientre, no tengo mas remedio que evacuar, el frío del agua enseguida de comer me descompuso. Vuelvo a darme otra ducha, me vuelvo a secar con la toalla que parece limpia pero no se sabe, destranco la puerta del otro cuarto y tranco la mía, me acuesto. El vino me pegó, fue sólo un vaso, pero me pegó. Me duermo. Dos niños están subiendo la montaña, miran hacia abajo, siguen escalando, cuando llegan a la cima me saluda con las manos, son dos ancianos tomados de la mano. Tras ellos, dos niños hacen lo mismo, suben, miran, saludan y son ancianos. Y así hasta que la cima está totalmente cubierta por el manto de nieve de las cabezas canas. Quiero ir tras ellos para detenerlos, para que no lleguen a la cima, retardar el ascenso, conocer los niños a mitad de camino, no lo logro, por mas que lo intento el camino es sólo para ellos, yo no subo aunque quiera, empiezo a caer en un pozo sin fin, caigo, caigo, caigo en un sueño profundo.
Temprano al otro día me visto y bajo, está la mujer rubia en el mostrador, me acerco.
-Buen día, tiene café.
-Si, buen día, sírvase, ¿cómo durmió?
-Mal
-¿Qué pasó?
-Tuve una pesadilla.
-No me cuente todavía, coma algo, no se cuentan las pesadillas en ayunas porque se hacen realidad.
-Ah, ¿si?, bueno.
Tomo el café amargo con dos bizcochos que puso la mujer junto a la taza.
-Soñé con niños que subía la montaña de piedra y llegaban hechos unos ancianos y me saludaban y yo que ría evitar que subieran y no podía.
-Y, ¿qué mas?
-Nada más, eso. A propósito, ¿no hay niños en esta ciudad?
-No
-¿Por qué?
-Se han ido
-¿Por qué?
-No había nadie que le enseñara a leer y escribir.
-¿Dónde se han ido?
-No lo sé, quizá a alguna ciudad vecina.
-Gracias, ponga todo en mi cuenta. Le digo mientras me voy corriendo.
-¿Cuál cuenta?
Ya no la escucho. Pongo el combustible en el tanque del auto. Enciendo y salgo a buscar el centro de estudio. Debo atravesar toda la ciudad y doblar hacia la izquierda en la penúltima calle y seguir tres cuadras y allí preguntar. Después de doblar trato de distinguir dónde puede ser, no veo nada que se le parezca, sigo andando, allí hay una mujer, quizá ella sepa.
-Señora, ¿dónde está el centro de estudio?
Me hace una seña que siga mas adelante. Sigo. Hay una pequeña capilla, es la primera que veo en la ciudad. Sus puertas están cerradas. Una mujer sentada en un banco está pidiendo limosnas. Tiene un cartel que dice: “soy ciega”, nadie pasa por ahí, sus manos están vacías.
-Señora, ¿sabe dónde está el centro de estudio?
-No lo sé.
-Gracias igual. Deposito una moneda en su mano extendida.
-Gracias.
Sigo adelante, la calle se termina. Bajo del auto y sigo caminando. A lo lejos se ve una edificación que parece abandonada. Llego allí. El edificio está muy viejo, despintado, descascarado, un poco sucio. El pasto crece desordenado. Algunas ventanas, las que están sanas, cerradas, la puerta está abierta, entro. Adentro todo está limpio y ordenado, desierto, triste, oscuro, los pupitres vacíos, los pizarrones limpios, los tinteros llenos, los libros sin abrir y los cuadernos en blanco.
Sentado en un banquito pequeño, en el fondo de un pasillo, está un hombre.
-Buen día, soy Les, vengo a trabajar aquí, recibí un aviso del gobierno, no lo tengo, lo perdí, sé que me he demorado, pero he tenido muchos contratiempos. ¿Dónde están los niños?
-Ya se han ido
-¿A dónde?
-A otra ciudad
-¿Por qué?
- Porque usted demoró mucho
-Vine lo más rápido que pude
-Demasiado tarde. Hace cinco años que se fue el último.
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