Rìe, mono... rìe.. Otros cuentos


Rìe, mono... rìe.

Autor: Cèsar Muñoz(aabad62)

(4.15/5)
(1441 puntos / 347 votos)


Cuento publicado el 22 de Junio de 2010


La canoa rìo abajo... un indio y un guacamayo...
cuatro monos y un tucàn...
Se los compraràn baratos... porque en nombre del estado... esa es la ayuda que le dan...
Un guararà un guarao... dènmele un canto a un guarao.
(1)

Selva vìrgen venezolana, profunda y misteriosa, bella y muchas veces aterradora. El Macizo Guayanès alberga el paraje geològico màs antiguo del Planeta, cuna de los tepuyes, el Soberbio Orinoco y el Salto Àngel, el màs alto del mundo.

Ahi, en esa tenebrosa y densa inmensidad vegetal donde la vida y la muerte parecen explotar cada segundo, existen tribus indìgentes (perdòn, quise decir indìgenas) que viven todavìa en la Edad de Piedra. "Mucho bien proporcionados e fermosos, (decìa Colòn en sus crònicas) andàbanse desnudos e inocentes como nuestros padres Adàn y Eva en el Paraìso. He aquì, a mi parecer, que estamos en èl"
En lo màs denso del bosque, justo en el lìmite natural entre el Macizo y la cuenca del Amazonas habitan los Guaraos, tribu noble y generosa, no obstante practicar algunas costumbres y ritos, tradicionales para ellos, bàrbaros para nosotros. Tal es el caso de la captura de "araguatos" (Mono Aullador). Originalmente para comer su carne. Ahora para venderlos vivos a los "racionales" (nosotros, los citadinos). Los nativos acosan a los primates con grandes perros "moneros" herencia de los misioneros norteamericanos. Estos cànidos resultan del cruce de razas dòberman y el resistente perro criollo, màs pequeño pero ferocìsimo, indòcil y omnìvoro. Despuès que el simio es atontado con dardos impregnados de barbasco, fuerte narcòtico vegetal endèmico, el perro se lanza inmediatamente hacia èl, directamente a la entrepierna buscando el paquete genital del cuadrumano, su parte màs expuesta y sensible y aunque èste es increìblemente fuerte, (capaz de enfrentarse y vencer a cuatro hombres) al estar drogado la lucha es desigual. Es mucho màs provechoso capturarlo vivo, asì que los cazadores intervienen ràpidamente para evitar que uno de los dos animales termine malogrado o quizàs muerto, y con gran maestrìa, amarran al simio.

En Mamo Abajo, poblaciòn minera y pecuaria entre los rìos Cuyunì y Yuruari, el cabo Rolando Arrieta habìa sido dado de baja en la instituciòn militar donde sirviò durante once años. Apolìneo y de gran corpulencia, Arrieta era el prìncipe azul de las chicas del poblado. Arrogante y autoritario, (armado... ademàs) paseaba su estatura por las calles del pueblo provocando suspiros y maldiciones. Los niños, adulantes y reverentes lo saludaban: ¡Ah, mi cabo!. Quizàs su engreimiento provocò en el Destacamento de Fusileros de la Selva, animadversiones que llevaron a su destituciòn.
¡Pobre Arrieta! a sus 31 años lo ùnico que sabìa era manejar las armas.

Bajado violentamente de su pedestal, desorientado, con varios hijos regados y sin hogar, el ex-cabo Rolando Arrieta, se internò en la selva.
Allà va Arrieta. Como un ariete. Sus negrìsimos y bien recortados bigotes se abren paso entre las nubes de mosquitos. Sus manazas velludas acostumbradas a sujetar hombros y caderas femeninas, ahora blanden el machete que desvirga matorrales impenetrables.
A por la plata/ a por el oro
a por la caza/ a por los monos.
Y tras el olor de la hembra fàcil, ahì fuè a parar. Las mujeres guarao son bellas, desnudas y ardientes con el civilizado.
La prestancia natural de Rolando junto con su bien aprendida hipocresìa militar, fuè perfectamente acogida por los nativos. Ya antes del año proliferaron rollizos e hirsutos indiecitos de belleza exòtica. Rolando Arrieta habìa re-descubierto el Paraìso Terrenal. Resultaba gracioso, por lo menos, divisar en la espesura aquel gigante semi-desnudo con su cohorte de vasallos persiguiendo los araguatos, la fuente de ganancias màs abundante y fàcil.
Esa mañana de julio, mes de enormes chubascos tropicales, la jungla estaba empapada. La exuberancia de fauna y flora desbordaba a raudales y hasta los olores se palpaban. Euquenio, el indio entrenador de los perros y especie de lugarteniente en la tribu descubriò una gran manada de araguatos comiendo guamos silvestres en la confluencia de dos rios cercanos. Ràpidamente Rolando y el indio, ùnicos levantados en esa frìa hora buscaron cerbatana y dardos. Euquenio fuè a buscar su feroz perro monero y el cabo tomò su fusil, ùnica arma de fuego que habìa en la tribu y buena provisiòn de balas. Casi nunca lo usaba pero lo cuidaba con esmero y sòlo èl y Euquenio tenìan acceso al arma (èste ùltimo, con gran destreza).
Era imposible llegar sin ser avistados, asì que se dividieron por la maleza buscando acorralar la horda contra la confluencia de los rìos. Un gran macho fuè el primero en dar la alarma y al unìsono la selva retumbò con un gran concierto. Euquenio apuntò su cerbatana al vigìa dando en el blanco y mientras la bandada se escapaba aullando, el mono centinela, atontado, se quedò entre las ramas, enredado sin remedio.
-Bueno, (se dijo Rolando) -por lo menos tenemos uno. Ese lo vendo por lo menos en cien mil.- Le pasò el fusil a Euquenio y empezò a subir por la maraña de ramas y bejucos a desenredar al primate. Subiò hasta la propia rama donde estaba èste, mas por precauciòn, no se acercò mucho a la bestia. Tomò la rama entre sus poderosos brazos y la sacudiò con todas sus
fuerzas. El simio se bamboleò y estuvo a punto de caer, pero se despabilò del todo, se liberò de las ramas, mirò fijamente al cabo y le sonriò ampliamente con esa sonrisa terrible de los monos. A Rolando se le enfriò la columna. Titubeò un segundo, resbalò en el follaje mojado y se precipitò de cabeza. Su destreza militar le salvò la vida en el ùltimo segundo quedando colgado como moderno Tarzàn precariamente a unos bejucos
y a diez metros del piso.
-¡DISPARA, COÑO! ¡¡¡MÀTALO!!! -Le gritò a Euquenio.
-¿LE TIRO AL MONO? -contestò el indio.
-¡AL PERRRO! ¡MALDITA SEA! ¡AL PEE-ERROOO!

El alarido se perdiò en la espesura mientras azotaba sus 90 kilos en la fertilidad del suelo.

El guarao compañero/ con flechas y cerbatanas/
la tierra venezolana/ fuè el primero en defender.

Asì cantaba cojeando el cabo Rolando Arrieta. Con dos dedos menos, barrigòn y abotagado, de Mamo Arriba a Mamo Abajo viene con su carretilla de naranjas. Su pregòn hiere a la intemperie con grito lastimero. Casi un llanto. ¡NARAAANJA DULCE LA NARAANJA!
Los carajitos jodedores ya no lo llaman "Mi cabo". Ahora le dicen... ¡AH, MI CAPO!
Y èl tristemente sonrìe, con sus bigotes de eunuco.

(1) El Guarao. Letra y mùsica del venezolano Alì Primera.

//alex


¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)

 

Nombre:

email:

Contraseña de usuario:

Comentario:

 

Últimos comentarios sobre este cuento