Eran apenas unos niños cuando se conocieron, pero desde el primer momento que se miraron a los ojos, supieron que estarían juntos toda su vida. Crecieron juntos y estudiaron juntos. Cuando llegaron a la mayoría de edad, todo el mundo daba por sentado que acabarían casándose. Pero el destino les tenía preparado algo muy diferente.
Marcos dejó de estudiar, aunque se dijo que sólo sería temporal. Se alistó en el ejército. Poco tiempo después Afganistán lo reclamaba. Se despidieron jurándose volver a verse en unos meses, cuando él terminara su labor allí y llegara el nuevo reemplazo. Después se casarían. Hablaron de hijos. Aún no. Lucía tenía que intentar entrar en el certamen de danza que se celebraría y, en el caso de que la aceptaran, afianzar su posición dentro del profesorado.
Los meses pasaron. El se entregó a su labor en cuerpo y alma y ella se pasaba los días bailando en la herrería de su padre, contando los días que llevaba sin ver a su chico.
Y llegó el día de su vuelta. Por fín, la llamada que tanto había esperado.
-Vuelvo a casa.Mañana salimos para España.
Lucía lloró de alegría. Por primera vez en muchos meses salió de casa contenta. Ese día no iría a clase. Se compró ropa, se arregló el pelo.
Y después, bailó, bailó y bailó. Cuando notó que su corazón se aceleraba, se tumbó en la cama y se dijo que tenía que descansar y dormir un rato.
Y sus ojos se cerraron para siempre.
Decidieron no decir nada al chico. Llegaría a tiempo para el funeral. Ya se enteraría cuando llegara.
Al otro lado del mundo, un avión en mal estado daba la bienvenida a unos jóvenes soldados que regresaban a casa, un avión que decidió no continuar viaje, cobrándose la vida de los 47 muchachos.
Cuando terminó el entierro de Lucía, su padre se encerró en su taller. Mientras tanto, la identificación de los militares iba lenta y complicada. No fué hasta que llegó el féretro con los restos de Marcos, que el hombre salió de su taller. Ya estaba dispuesto que yacería al lado de Lucía. Un pequeño camión se paró delante de la puerta del taller. Entre tres hombres sacaron dos tallas de hierro forjado.
Sellaron la bailarina de hierro sobre la lápida de Lucía y un apuesto soldado, también de hierro, sobre la tumba de Marcos. Mirándose, eternamente viéndose. Uno frente al otro.
Algunos noctámbulos dicen que en las noches oscuras, el soldado se baja de su peana, se acerca a la bailarina y tendiéndole la mano, le dice:
-¿Bailas?
Y se engarzan en un baile con una musica creada para ellos y que sólo ellos pueden escuchar.
//alex
Cuento publicado el 08 de Julio de 2010
Marcos dejó de estudiar, aunque se dijo que sólo sería temporal. Se alistó en el ejército. Poco tiempo después Afganistán lo reclamaba. Se despidieron jurándose volver a verse en unos meses, cuando él terminara su labor allí y llegara el nuevo reemplazo. Después se casarían. Hablaron de hijos. Aún no. Lucía tenía que intentar entrar en el certamen de danza que se celebraría y, en el caso de que la aceptaran, afianzar su posición dentro del profesorado.
Los meses pasaron. El se entregó a su labor en cuerpo y alma y ella se pasaba los días bailando en la herrería de su padre, contando los días que llevaba sin ver a su chico.
Y llegó el día de su vuelta. Por fín, la llamada que tanto había esperado.
-Vuelvo a casa.Mañana salimos para España.
Lucía lloró de alegría. Por primera vez en muchos meses salió de casa contenta. Ese día no iría a clase. Se compró ropa, se arregló el pelo.
Y después, bailó, bailó y bailó. Cuando notó que su corazón se aceleraba, se tumbó en la cama y se dijo que tenía que descansar y dormir un rato.
Y sus ojos se cerraron para siempre.
Decidieron no decir nada al chico. Llegaría a tiempo para el funeral. Ya se enteraría cuando llegara.
Al otro lado del mundo, un avión en mal estado daba la bienvenida a unos jóvenes soldados que regresaban a casa, un avión que decidió no continuar viaje, cobrándose la vida de los 47 muchachos.
Cuando terminó el entierro de Lucía, su padre se encerró en su taller. Mientras tanto, la identificación de los militares iba lenta y complicada. No fué hasta que llegó el féretro con los restos de Marcos, que el hombre salió de su taller. Ya estaba dispuesto que yacería al lado de Lucía. Un pequeño camión se paró delante de la puerta del taller. Entre tres hombres sacaron dos tallas de hierro forjado.
Sellaron la bailarina de hierro sobre la lápida de Lucía y un apuesto soldado, también de hierro, sobre la tumba de Marcos. Mirándose, eternamente viéndose. Uno frente al otro.
Algunos noctámbulos dicen que en las noches oscuras, el soldado se baja de su peana, se acerca a la bailarina y tendiéndole la mano, le dice:
-¿Bailas?
Y se engarzan en un baile con una musica creada para ellos y que sólo ellos pueden escuchar.
Otros cuentos que seguro que te gustan:
- Los anteojos del abuelo
- Locura de amor infiel
- El hombre, la montaña y el tesoro
- Un pueblo fantasma más
- La niña del colegio
¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)
Últimos comentarios sobre este cuento