Después miró por la ventana hacia las tupidas colinas de la otra orilla. Abajo, la calle despertaba con un murmullo creciente de pasos y motores. El amanecer despintaba las sombras que los habían recluido en ese albergue a la vera del camino. Había cumplido su misión y esperaba que vinieran a buscarla para llevarla más allá de las montañas. No tembló su mano ni la delató el estruendo de su corazón, pero sabía que cuando partiera también dejaría atrás lo mejor de sí misma. Tres golpes repicaron en la puerta. Ni siquiera cuando volteó hacia la salida, sus ojos se detuvieron sobre el lecho.
//alex
Cuento publicado el 31 de Enero de 2011
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