Mi lengua es un desierto y mi cabeza está a punto de estallar. No sé si estoy dormido o despierto. Me da flojera abrir los ojos, pero ya no aguanto más esas voces que vienen y van, murmuran y luego silencio para nuevamente volver a escucharse. Tengo que despertar y ponerme en pie, todavía me siento borracho, tengo mucha sed.
Me decido y abro los ojos, no estoy en mi casa ni en la casa de ninguno de mis amigos. Estoy acostado sobre una litera de concreto sin más cobija que mi saco lleno de vómito seco, volteo a un costado y un escalofrío recorre todo mi cuerpo ¡Es una celda! ¡Estoy en la cárcel
Un fuerte mareo me invade y sin darme tiempo de pararme, vomito sobre la litera hasta sentir que las fuerzas me abandonan y que mi estómago se quiere salir por mi boca. Por unos instantes me quedó ahí tirado en mis desechos, tratando de recordar lo sucedido.
Apenas anoche festejaba con mis amigos la salida de la prepa, estábamos muy contentos porque pronto seríamos universitarios. Mi papá no quería prestarme el coche, pero mi mamá lo convenció y yo tuve que jurarle que me iba a portar bien y que regresaría a buena hora. Pasé por Carlos y Roberto a su casa y nos fuimos a un bar, los tres somos menores de edad, pero Roberto conoce al hijo del dueño y nos dejaron pasar como si nada.
Nos asignaron una mesa en un rincón y prestos solicitamos al mesero una botella de tequila y como buenos machos mexicanos, le pedimos unos caballitos para tomárnoslo sólo. El mesero nos sirvió y los tres chocamos los vasos al mismo tiempo que dijimos –¡Salud!–
Con el primer tequila sentí que se me quemaba la garganta, con el segundo ya sentí menos y después del tercero ya me pasaba como agua. Empezamos a cantar con la música en vivo que tenía el lugar y entre copa y copa la botella se consumió en un santiamén. Sacamos lo que nos quedaba de dinero y nos alcanzó para comprar otra. Felices llamamos al mesero y le solicitamos una nueva botella.
El mesero trajo otra botella de tequila, nos cambió los vasos por unos limpios y volvió a servirnos. Dijimos “salud” y de un solo trago nos tomamos la bebida. De repente, todo me empezó a dar vueltas, me estaba embriagando, pero no me importaba, tenía que disfrutar el momento, mire el reloj y marcaba las nueve de la noche, –todavía es temprano– pensé.
Íbamos como a la mitad de la segunda botella cuando Roberto me recordó que tenía que manejar, que dejara de tomar, para ese entonces yo estaba sumamente borracho, pero mi deseo era seguir tomando. Carlos que también se encontraba igual que yo, alzaba su copa incitándome a seguir bebiendo. En un arranque de lucidez me acordé de lo que le había prometido a mi mamá y sólo atiné a decirles a mis amigos:
–¡La última y nos vamos!–
Después de eso ya no recuerdo qué pasó, hasta que desperté aquí, encerrado. Mis amigos dónde están, mi madre debe estar muy preocupada porque no llegué a casa y mi padre ni se diga ¡Me va a matar! ¡No sé dónde dejé el coche!
–¡Oficial! ¡Oficial! Necesito saber por qué me encerraron. Gracias a Dios el policía escuchó mis gritos y vino. Me tranquilizó y me dijo que mi abogado estaba por llegar, que tuviera calma. Tener calma ¿pero qué fue lo que hice?
Me siento en la esquina de la litera, me llevo las manos a la cabeza y trato en vano de acordarme… sólo el vacío, la nada. Permanezco así por unos minutos hasta que el mismo policía viene por mí y me lleva a una pequeña sala donde me pide que me siente y espere. La espera se me hace eterna hasta que aparece por la puerta un hombre de traje negro y portafolio.
–¿Mario Fregoso?– Pregunta.
–¡Si señor, yo soy!– Contesto y me levanto.
–Siéntese por favor. Soy el licenciado Gutiérrez, me contrató su papá para defenderlo. Se le acusa de conducir en estado de ebriedad, de estrellar su carro contra un puesto ambulante y de dar muerte a cuatro personas que se encontraban en el lugar… ¿Tiene algo que decir?
//alex
¡La última y nos vamos!
Autor: Manuel Mora
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Cuento publicado el 12 de Agosto de 2011
Me decido y abro los ojos, no estoy en mi casa ni en la casa de ninguno de mis amigos. Estoy acostado sobre una litera de concreto sin más cobija que mi saco lleno de vómito seco, volteo a un costado y un escalofrío recorre todo mi cuerpo ¡Es una celda! ¡Estoy en la cárcel
Un fuerte mareo me invade y sin darme tiempo de pararme, vomito sobre la litera hasta sentir que las fuerzas me abandonan y que mi estómago se quiere salir por mi boca. Por unos instantes me quedó ahí tirado en mis desechos, tratando de recordar lo sucedido.
Apenas anoche festejaba con mis amigos la salida de la prepa, estábamos muy contentos porque pronto seríamos universitarios. Mi papá no quería prestarme el coche, pero mi mamá lo convenció y yo tuve que jurarle que me iba a portar bien y que regresaría a buena hora. Pasé por Carlos y Roberto a su casa y nos fuimos a un bar, los tres somos menores de edad, pero Roberto conoce al hijo del dueño y nos dejaron pasar como si nada.
Nos asignaron una mesa en un rincón y prestos solicitamos al mesero una botella de tequila y como buenos machos mexicanos, le pedimos unos caballitos para tomárnoslo sólo. El mesero nos sirvió y los tres chocamos los vasos al mismo tiempo que dijimos –¡Salud!–
Con el primer tequila sentí que se me quemaba la garganta, con el segundo ya sentí menos y después del tercero ya me pasaba como agua. Empezamos a cantar con la música en vivo que tenía el lugar y entre copa y copa la botella se consumió en un santiamén. Sacamos lo que nos quedaba de dinero y nos alcanzó para comprar otra. Felices llamamos al mesero y le solicitamos una nueva botella.
El mesero trajo otra botella de tequila, nos cambió los vasos por unos limpios y volvió a servirnos. Dijimos “salud” y de un solo trago nos tomamos la bebida. De repente, todo me empezó a dar vueltas, me estaba embriagando, pero no me importaba, tenía que disfrutar el momento, mire el reloj y marcaba las nueve de la noche, –todavía es temprano– pensé.
Íbamos como a la mitad de la segunda botella cuando Roberto me recordó que tenía que manejar, que dejara de tomar, para ese entonces yo estaba sumamente borracho, pero mi deseo era seguir tomando. Carlos que también se encontraba igual que yo, alzaba su copa incitándome a seguir bebiendo. En un arranque de lucidez me acordé de lo que le había prometido a mi mamá y sólo atiné a decirles a mis amigos:
–¡La última y nos vamos!–
Después de eso ya no recuerdo qué pasó, hasta que desperté aquí, encerrado. Mis amigos dónde están, mi madre debe estar muy preocupada porque no llegué a casa y mi padre ni se diga ¡Me va a matar! ¡No sé dónde dejé el coche!
–¡Oficial! ¡Oficial! Necesito saber por qué me encerraron. Gracias a Dios el policía escuchó mis gritos y vino. Me tranquilizó y me dijo que mi abogado estaba por llegar, que tuviera calma. Tener calma ¿pero qué fue lo que hice?
Me siento en la esquina de la litera, me llevo las manos a la cabeza y trato en vano de acordarme… sólo el vacío, la nada. Permanezco así por unos minutos hasta que el mismo policía viene por mí y me lleva a una pequeña sala donde me pide que me siente y espere. La espera se me hace eterna hasta que aparece por la puerta un hombre de traje negro y portafolio.
–¿Mario Fregoso?– Pregunta.
–¡Si señor, yo soy!– Contesto y me levanto.
–Siéntese por favor. Soy el licenciado Gutiérrez, me contrató su papá para defenderlo. Se le acusa de conducir en estado de ebriedad, de estrellar su carro contra un puesto ambulante y de dar muerte a cuatro personas que se encontraban en el lugar… ¿Tiene algo que decir?
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