Mediodía en Misiones. Para ser más precisa en Andresito. Un pueblo paralizado por la siesta, que en esos lugares donde el calor es sofocante, es sagrada. Algún que otro pueblero caminando por las calles. De vez en cuando un vehículo cansado y lento, levantando el polvo rojo de la tierra misionera, que se mete en todos lados, dándole al paisaje un color especial. Los comercios cerrados. Silencio…Sólo el arrullo de las palomas monteras que me recordaban las siestas de mi infancia, donde el calor apretaba y me recluía dentro de la casa fresca, sumergida en los relatos de Salgari, Julio Verne, las Brontë…
Volvíamos de una visita a la Cooperativa Yerbatera de Andresito. Habíamos visto el trabajo esforzado de esos hombres que revolean el machete se sol a sol, sin conocer nada más gratificante que unos mates, o unos vinos en el boliche antes del amor compartido con la guaina que lo espera cada noche en su rancho. Caminamos hasta la terminal de colectivos, a esperar el micro que nos devolvería a Puerto Iguazú, donde pasábamos nuestras vacaciones. En la quietud de la siesta sólo un grupo de muchachos charlaban a la sombra, riendo de nada, como tratando de ese modo de quebrar el sopor que lo envolvía todo.
Nos sentamos en un banco a esperar. Y ahí vino ella.. .Se notaba en sus rasgos la herencia de los polacos que emigraron a estas tierras, huyendo del hambre y la miseria de su país natal. Los ojos azules, como de agua, la mirada dulce, mansa. Se sentó en el banco a mi lado; sostenía entre las manos una cartera ajada y pobre. Sus manos…resecas, sin pintura en las uñas, rudas, gastadas prematuramente. Se había vestido con sus mejores ropas para ir al pueblo a hacer unos trámites. Los zapatos de tacón chato, gastados y chuecos, denunciaban años de uso, tal vez heredados de una madre muerta hacia años.
Era joven aun, muy joven y estaba sola. Comenzó a charlar, así, sin ton ni son. Le contestamos con cortesía. A mi compañero y a mí nos interesa cuando paseamos por lugares nuevos conversar con la gente del lugar. Así que pusimos atención a sus palabras. Y de pronto volcó en nuestros oídos toda su historia personal. Casada muy joven, casi una niña, muchos hijos, mucho trabajo en la chacrita donde cultivaban con los hijos tabaco en unas pocas hectáreas. Le vendían el tabaco a una empresa “importante”, según dijo, extranjera que le pagaba monedas por tanto esfuerzo. Nos contó con una cierta luz en la mirada que ahora iban a estar un poco mejor porque el hijo mayor había comprado un tractor que les facilitaría el trabajo, en la enorme suma de quince mil pesos. Pronunció esa cantidad con un dejo de orgullo y admiración. ¡Eso era para ella una fortuna! Mi compañero y yo pensamos y más tarde lo comentaríamos, qué clase de maquinaria podría haber comprado por esa plata. Para esa gente humilde era casi como tocar el cielo con las manos. Qué país este nuestro tan extenso, tan diverso, tan rico donde se permite que las personas vivan como hace tres siglos, pasando toda clase de privaciones, tan lejos de todo!
Contó que había ido hasta el pueblo, luego de un viaje de cuatro horas, a tramitar su certificado de discapacidad por problemas cardíacos. Pero se lo habían negado por esto y aquello. Creo que no sabía leer, pero por timidez no lo dijo. Mostró sus papeles diciendo que no entendía lo que le habían explicado y nos pidió ayuda para lograrlo. Nosotros tratamos de aclararle lo más sencillamente posible lo que allí decía, y orientarla sobre los pasos a seguir. No sé si llegó a comprenderlo. Sólo sé que sus ojos se habían iluminado: alguien la estaba escuchando, podía charlar con alguien, podía contarle a otros lo que le estaba pasando, otras personas habían reparado en ella y le prestaban atención.
De pronto apareció el colectivo que debía abordar. Guardó prestamente sus papeles y con una de las sonrisas más lindas que he visto en mi vida se alejó dando las gracias rumbo a su chacrita, a su trabajo, a sus hijos, sus nietos, que a pesar de su juventud ya tenía.
Me quedé pensando en ella. La vi de madrugada ordeñando su vaquita, dando de comer a las gallinas, cocinando para la familia, doblada sobre el surco plantando el tabaco, llegando a la noche agotada, para luego del descanso nocturno volver a amanecer a la rutina de cada día. A lo mejor de vez en cuando un baile en el rancherío cercano, un casamiento, un velorio, fueran sus únicas distracciones.
No pude olvidar su cara. Su piel ajada que sólo conoció el aire y el sol de Misiones, sin una crema, un perfume, su pelo simplemente atado en una cola, su cuerpo que tal vez nunca vibró con el amor y la ternura y sólo tuvo el contacto casi animal con un hombre que la sometió sin preguntarle nada, que la hizo parir hijos, uno tras otro, sin pensar en su salud y menos en su placer, que la alejó de casa de sus padre para vivir una vida de trabajo y privaciones. Y que la dejó sola llevado a una muerte prematura por el alcohol, la desnutrición y el trabajo insalubre.
Tal vez también ella recuerde ese día en que una pareja que estaba de paso por su tierra se sentó a su lado y la escuchó. ¡Tenía tanta necesidad de comunicación, le hacía tanta falta que alguien le prestara atención y la escuchara, había tanta soledad en su reclamo…
¿Qué será de ella ? Seguramente seguirá madrugando para hacerse cargo de sus tareas, seguramente seguirá soñando con cosas simples que le harían la vida más llevadera, con alcanzar una paga justa por sus trabajo, una jubilación, con un sistema menos injusto que no le dé tanta vuelta para darle un premio como reconocimiento tanto esfuerzo …
…O tal vez por causa de la rutina diaria que le mató hasta la capacidad de imaginar algo distinto mas allá de los límites de su chacrita…ni siquiera sueñe.
//alex
Bajo el sol de Andresito…
Autor: Cristina De Michele
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Cuento publicado el 29 de Abril de 2014
Mediodía en Misiones. Para ser más precisa en Andresito. Un pueblo paralizado por la siesta, que en esos lugares donde el calor es sofocante, es sagrada. Algún que otro pueblero caminando por las calles. De vez en cuando un vehículo cansado y lento, levantando el polvo rojo de la tierra misionera, que se mete en todos lados, dándole al paisaje un color especial. Los comercios cerrados. Silencio…Sólo el arrullo de las palomas monteras que me recordaban las siestas de mi infancia, donde el calor apretaba y me recluía dentro de la casa fresca, sumergida en los relatos de Salgari, Julio Verne, las Brontë…
Volvíamos de una visita a la Cooperativa Yerbatera de Andresito. Habíamos visto el trabajo esforzado de esos hombres que revolean el machete se sol a sol, sin conocer nada más gratificante que unos mates, o unos vinos en el boliche antes del amor compartido con la guaina que lo espera cada noche en su rancho. Caminamos hasta la terminal de colectivos, a esperar el micro que nos devolvería a Puerto Iguazú, donde pasábamos nuestras vacaciones. En la quietud de la siesta sólo un grupo de muchachos charlaban a la sombra, riendo de nada, como tratando de ese modo de quebrar el sopor que lo envolvía todo.
Nos sentamos en un banco a esperar. Y ahí vino ella.. .Se notaba en sus rasgos la herencia de los polacos que emigraron a estas tierras, huyendo del hambre y la miseria de su país natal. Los ojos azules, como de agua, la mirada dulce, mansa. Se sentó en el banco a mi lado; sostenía entre las manos una cartera ajada y pobre. Sus manos…resecas, sin pintura en las uñas, rudas, gastadas prematuramente. Se había vestido con sus mejores ropas para ir al pueblo a hacer unos trámites. Los zapatos de tacón chato, gastados y chuecos, denunciaban años de uso, tal vez heredados de una madre muerta hacia años.
Era joven aun, muy joven y estaba sola. Comenzó a charlar, así, sin ton ni son. Le contestamos con cortesía. A mi compañero y a mí nos interesa cuando paseamos por lugares nuevos conversar con la gente del lugar. Así que pusimos atención a sus palabras. Y de pronto volcó en nuestros oídos toda su historia personal. Casada muy joven, casi una niña, muchos hijos, mucho trabajo en la chacrita donde cultivaban con los hijos tabaco en unas pocas hectáreas. Le vendían el tabaco a una empresa “importante”, según dijo, extranjera que le pagaba monedas por tanto esfuerzo. Nos contó con una cierta luz en la mirada que ahora iban a estar un poco mejor porque el hijo mayor había comprado un tractor que les facilitaría el trabajo, en la enorme suma de quince mil pesos. Pronunció esa cantidad con un dejo de orgullo y admiración. ¡Eso era para ella una fortuna! Mi compañero y yo pensamos y más tarde lo comentaríamos, qué clase de maquinaria podría haber comprado por esa plata. Para esa gente humilde era casi como tocar el cielo con las manos. Qué país este nuestro tan extenso, tan diverso, tan rico donde se permite que las personas vivan como hace tres siglos, pasando toda clase de privaciones, tan lejos de todo!
Contó que había ido hasta el pueblo, luego de un viaje de cuatro horas, a tramitar su certificado de discapacidad por problemas cardíacos. Pero se lo habían negado por esto y aquello. Creo que no sabía leer, pero por timidez no lo dijo. Mostró sus papeles diciendo que no entendía lo que le habían explicado y nos pidió ayuda para lograrlo. Nosotros tratamos de aclararle lo más sencillamente posible lo que allí decía, y orientarla sobre los pasos a seguir. No sé si llegó a comprenderlo. Sólo sé que sus ojos se habían iluminado: alguien la estaba escuchando, podía charlar con alguien, podía contarle a otros lo que le estaba pasando, otras personas habían reparado en ella y le prestaban atención.
De pronto apareció el colectivo que debía abordar. Guardó prestamente sus papeles y con una de las sonrisas más lindas que he visto en mi vida se alejó dando las gracias rumbo a su chacrita, a su trabajo, a sus hijos, sus nietos, que a pesar de su juventud ya tenía.
Me quedé pensando en ella. La vi de madrugada ordeñando su vaquita, dando de comer a las gallinas, cocinando para la familia, doblada sobre el surco plantando el tabaco, llegando a la noche agotada, para luego del descanso nocturno volver a amanecer a la rutina de cada día. A lo mejor de vez en cuando un baile en el rancherío cercano, un casamiento, un velorio, fueran sus únicas distracciones.
No pude olvidar su cara. Su piel ajada que sólo conoció el aire y el sol de Misiones, sin una crema, un perfume, su pelo simplemente atado en una cola, su cuerpo que tal vez nunca vibró con el amor y la ternura y sólo tuvo el contacto casi animal con un hombre que la sometió sin preguntarle nada, que la hizo parir hijos, uno tras otro, sin pensar en su salud y menos en su placer, que la alejó de casa de sus padre para vivir una vida de trabajo y privaciones. Y que la dejó sola llevado a una muerte prematura por el alcohol, la desnutrición y el trabajo insalubre.
Tal vez también ella recuerde ese día en que una pareja que estaba de paso por su tierra se sentó a su lado y la escuchó. ¡Tenía tanta necesidad de comunicación, le hacía tanta falta que alguien le prestara atención y la escuchara, había tanta soledad en su reclamo…
¿Qué será de ella ? Seguramente seguirá madrugando para hacerse cargo de sus tareas, seguramente seguirá soñando con cosas simples que le harían la vida más llevadera, con alcanzar una paga justa por sus trabajo, una jubilación, con un sistema menos injusto que no le dé tanta vuelta para darle un premio como reconocimiento tanto esfuerzo …
…O tal vez por causa de la rutina diaria que le mató hasta la capacidad de imaginar algo distinto mas allá de los límites de su chacrita…ni siquiera sueñe.
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