Piedra a piedra se construyen,
Paso a paso se persiguen
Las cosas que más queremos,
Unas quedan entre ruinas,
Las otras en sendas perdidas,
Cada cual en su camino a pesar de las espinas
Por un estrecho sendero rodeado de altas malezas, oculto por los altos cardos y silvestres rózales, por ese caminito que atraviesa la ancha longa del campo que separa el precario caserío del nauseabundo basural, se la ve pasar a la pequeña Mariel, tempranito apenas despunta el día llevando casi a la rastra a dos de sus hermanitos más pequeños, tirando desde su esquelética fuerza un andador montado en cuatro ruedas endebles a punto de desarmarse.
Mariel venia desde ese paisaje deforme y grotesco, de los improvisados caseríos de latas y maderas apiladas sosteniendo techos a punto de derrumbarse, sosteniendo el dolor a pura broca, resistiéndose a la vida que se ensañaba con ella.
Mariel recorría ese sendero que día tras día la conducía al confín más oscuro y latente de su condición humana, en una rutina que se hizo costumbre en ella, dependiendo de lo que entre la mugre recogía para sobrevivir, para estar allí en el lugar que Dios había reservado para ella.
Ángeles de caritas sucias y manitos partidas por las escarchas, almas desangeladas trepando y socavando putrefactos y malolientes montículos de podredumbre y miserias, ojos sin luz y sin brillos, llorosos de humo en una hoguera de infierno perpetuo.
Maraña de moscas se enredaban en el pelo endurecido de mugre y nieblas contaminadas, blancas y amarillentas heridas supurando dolor y abandono, rasgando la carne, abriendo agüeros por donde se escapa irremediablemente la vida, vida signada por la indiferencia y el olvido.
Animalitos sumisos, mudos de risas y de llantos, sumidos en la resignación, disputando con rabia una pelea desigual contra perros y ratas un pedazo de mugroso pan.
Bajo un cielo gris, siluetas de sombras encorvadas picotean el suelo hojaldrado de desechos, a perchando en cosidas alpiyeras, latas, plásticos y cartones, rabias y broncas de eternas esperas.
Viejos, y no tan viejos, pibes y hombres en desuso, y mujeres, muchas mujeres escapándose de la vergüenza de no servir para nada, sobrevuelan como aves de rapiña un espacio en la tierra abandonado por dios y los hombres.
En ese cadalso de muerte, en ese poso de lágrimas, Mariel iba dejando su infancia apretando contra su pecho, muñecos desarticulados, desnudos y ciegos, desmembrados y tristes, húmedos de lágrimas.
Un destino reservado a su mala suerte, perseguiría a Mariel desde su primer llanto, desde el primer e inevitable golpe, un destino irreversible con el que se quedo a solas cuando murió su padre, cuando se tuvo que poner de pie para no caer, para no rendirse al dolor de empezar a perder todo, de lo poco que tuvo
Cuando se hizo mujer y un cosquilleo de amor le recorría el cuerpo y el corazón, cuando dijo no a las tentaciones del placer, solo para no parir, para no traer a este mundo de mierda otro mal parido que reclame todo cuanto no tiene.
Cuando ya eran muchos escarbando la mierda, cuando ya no alcanzaba para nadie lo poco que se rescataba de las maquinas que lo cubrían todo de tierra y desprecio por el que sufre, por el que apenas vive. Se tomo el primer tren y se adentro a la gran ciudad, intento pedir y sintió vergüenza por la indiferencia de los otros y regresó cansada de nadas, y al día siguiente se subió al mismo tren y volvió a la ciudad, recorrió sus calles, recogió todo cuanto estuvo a su alcance, desenvolvió los desechos que a otro le sobraban y se llevó con ella un bocado amargo de lastima y menos precio.
Se enamoro y dijo el bendito si, se preño aun más de dolor y parió como dios manda y fueron más para compartir la búsqueda inquebrantable de un poquito de felicidad, y miro con espanto el cuadro de sombras, un paisaje borroso, donde ya nada quedaba en pie, solo la dignidad sostenía la vida a punto de pactar con la puta muerte que rondaba asechando los umbrales mas oscuro del alma, cuando el corazón no da mas y duele la conciencia de vivir de prestado, respirando un aire contaminado que termina por corroer asta los sentidos.
Mariel creció de golpe casi sin darse cuenta y se fue muriendo de apoco, consciente que iba dejando la vida en cada esfuerzo por sobrevivir, disimulando el dolor ante los suyos, nada le pidió a la vida que no fuera lo que le pertenecía en esta repartiga de limosnas y piedades, de bondades y de caridad, de dioses y santos paganos.
Mariel se repitió en su afán de madre y eligió nombres que la unían al amor de lo perdido y derrocho la bondad sin tener nada y cuando en la resignación creyó encontrar la paz soñada, golpeo a su puerta la impiadosa muerte y se llevo con ella al que mas quería, él, el que la hizo mujer.
Crió a sus hijos de puro madre, de pura guacha, con los dientes apretados con las uñas afiladas, con el corazón abierto. Cuando se quedo sola se los llevo lejos del humo graso, de ese cielo oscuro, del hediondo pozo donde dejo su infancia y trepo por la calle llenas de luz y los arrulló en sus alas y remontaron vuelo aspirando el aire fresco de las mañanas.
La enterraron una tarde rodeada de hijos y de nietos. Les dejó de herencia la altivez, el orgullo y la dignidad de vivir de pie… Y volvió a la tierra que escarbó de niña…
//alex
Mariel la del cielo gris
Autor: Rolando Perez Berbel
(4/5)
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Cuento publicado el 15 de Enero de 2016
Paso a paso se persiguen
Las cosas que más queremos,
Unas quedan entre ruinas,
Las otras en sendas perdidas,
Cada cual en su camino a pesar de las espinas
Por un estrecho sendero rodeado de altas malezas, oculto por los altos cardos y silvestres rózales, por ese caminito que atraviesa la ancha longa del campo que separa el precario caserío del nauseabundo basural, se la ve pasar a la pequeña Mariel, tempranito apenas despunta el día llevando casi a la rastra a dos de sus hermanitos más pequeños, tirando desde su esquelética fuerza un andador montado en cuatro ruedas endebles a punto de desarmarse.
Mariel venia desde ese paisaje deforme y grotesco, de los improvisados caseríos de latas y maderas apiladas sosteniendo techos a punto de derrumbarse, sosteniendo el dolor a pura broca, resistiéndose a la vida que se ensañaba con ella.
Mariel recorría ese sendero que día tras día la conducía al confín más oscuro y latente de su condición humana, en una rutina que se hizo costumbre en ella, dependiendo de lo que entre la mugre recogía para sobrevivir, para estar allí en el lugar que Dios había reservado para ella.
Ángeles de caritas sucias y manitos partidas por las escarchas, almas desangeladas trepando y socavando putrefactos y malolientes montículos de podredumbre y miserias, ojos sin luz y sin brillos, llorosos de humo en una hoguera de infierno perpetuo.
Maraña de moscas se enredaban en el pelo endurecido de mugre y nieblas contaminadas, blancas y amarillentas heridas supurando dolor y abandono, rasgando la carne, abriendo agüeros por donde se escapa irremediablemente la vida, vida signada por la indiferencia y el olvido.
Animalitos sumisos, mudos de risas y de llantos, sumidos en la resignación, disputando con rabia una pelea desigual contra perros y ratas un pedazo de mugroso pan.
Bajo un cielo gris, siluetas de sombras encorvadas picotean el suelo hojaldrado de desechos, a perchando en cosidas alpiyeras, latas, plásticos y cartones, rabias y broncas de eternas esperas.
Viejos, y no tan viejos, pibes y hombres en desuso, y mujeres, muchas mujeres escapándose de la vergüenza de no servir para nada, sobrevuelan como aves de rapiña un espacio en la tierra abandonado por dios y los hombres.
En ese cadalso de muerte, en ese poso de lágrimas, Mariel iba dejando su infancia apretando contra su pecho, muñecos desarticulados, desnudos y ciegos, desmembrados y tristes, húmedos de lágrimas.
Un destino reservado a su mala suerte, perseguiría a Mariel desde su primer llanto, desde el primer e inevitable golpe, un destino irreversible con el que se quedo a solas cuando murió su padre, cuando se tuvo que poner de pie para no caer, para no rendirse al dolor de empezar a perder todo, de lo poco que tuvo
Cuando se hizo mujer y un cosquilleo de amor le recorría el cuerpo y el corazón, cuando dijo no a las tentaciones del placer, solo para no parir, para no traer a este mundo de mierda otro mal parido que reclame todo cuanto no tiene.
Cuando ya eran muchos escarbando la mierda, cuando ya no alcanzaba para nadie lo poco que se rescataba de las maquinas que lo cubrían todo de tierra y desprecio por el que sufre, por el que apenas vive. Se tomo el primer tren y se adentro a la gran ciudad, intento pedir y sintió vergüenza por la indiferencia de los otros y regresó cansada de nadas, y al día siguiente se subió al mismo tren y volvió a la ciudad, recorrió sus calles, recogió todo cuanto estuvo a su alcance, desenvolvió los desechos que a otro le sobraban y se llevó con ella un bocado amargo de lastima y menos precio.
Se enamoro y dijo el bendito si, se preño aun más de dolor y parió como dios manda y fueron más para compartir la búsqueda inquebrantable de un poquito de felicidad, y miro con espanto el cuadro de sombras, un paisaje borroso, donde ya nada quedaba en pie, solo la dignidad sostenía la vida a punto de pactar con la puta muerte que rondaba asechando los umbrales mas oscuro del alma, cuando el corazón no da mas y duele la conciencia de vivir de prestado, respirando un aire contaminado que termina por corroer asta los sentidos.
Mariel creció de golpe casi sin darse cuenta y se fue muriendo de apoco, consciente que iba dejando la vida en cada esfuerzo por sobrevivir, disimulando el dolor ante los suyos, nada le pidió a la vida que no fuera lo que le pertenecía en esta repartiga de limosnas y piedades, de bondades y de caridad, de dioses y santos paganos.
Mariel se repitió en su afán de madre y eligió nombres que la unían al amor de lo perdido y derrocho la bondad sin tener nada y cuando en la resignación creyó encontrar la paz soñada, golpeo a su puerta la impiadosa muerte y se llevo con ella al que mas quería, él, el que la hizo mujer.
Crió a sus hijos de puro madre, de pura guacha, con los dientes apretados con las uñas afiladas, con el corazón abierto. Cuando se quedo sola se los llevo lejos del humo graso, de ese cielo oscuro, del hediondo pozo donde dejo su infancia y trepo por la calle llenas de luz y los arrulló en sus alas y remontaron vuelo aspirando el aire fresco de las mañanas.
La enterraron una tarde rodeada de hijos y de nietos. Les dejó de herencia la altivez, el orgullo y la dignidad de vivir de pie… Y volvió a la tierra que escarbó de niña…
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