Extraños pedidos. Otros cuentos


Extraños pedidos

Autor: Mario Edisson Dávila Taborda

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Cuento publicado el 24 de Diciembre de 2015


Había estado deambulado por las calles del pueblo desde hacía varias semanas. Su vestimenta no era extraña, que era como la de cualquier campesino de la zona, con su ruana, su carriel, su pantalón de tela desgatada y unas sandalias que parecían de mil años de uso. Concordaba también su traje con la edad de aquel hombre, que no era extraño, sino que simplemente no era conocido de estos lugares.

Era ya un habitual visitante del parque principal del pueblo y del cementerio, pero como estaba en un municipio pequeño, se extrañaba que no se supiera de donde venia, quienes eran sus familiares o conocidos del lugar, ni mucho menos donde dormía. Aunque su vestimenta y edad le daban un carácter inofensivo, si llamaba mucho la atención, que al parecer, había estado pidiendo comida en la población, sobre todo en aquellas casas cercanas al cementerio o al parque principal. Eso sí, siempre pedía lo mismo, arepa y un poco de miel.
Se sabía que varias personas le habían dado arepas de maíz, incluso comidas más abundantes, porque así fuera de mañana, de mediodía o de noche, siempre pedía lo mismo; y si bien, nunca rechazaba dichos manjares, insistía mucho con su peculiar pedido. Sin embargo, aunque la arepa abundaba en las casas paisas, la miel, aunque no es un articulo extraño, no era común encontrarla en una casa de vecino cualquiera. Además, la combinación era extraña.
Ante estos insólitos, pero al mismo tiempo inofensivos pedidos, los lugareños aprovechaban la ocasión para interrogar a aquel anciano. En los bares del pueblo y en las tiendas del lugar se comentaba, que si bien, aquel fulano no era descortés, no había revelado su nombre y que, aunque contestaba la mayoría de las preguntas, nunca lo hizo con aquellas que informaran su procedencia, destino o propósito en aquel montañoso pueblo.
Cansado de tanta especulación y sometido a fuertes reclamos de las viejas chismosas del pueblo, que intrigaron lo suficiente, el coronel de la policía local envió a uno de sus hombres para interrogar a aquel hombre.
-¡Buenos días! -dijo muy amable el policía, acercándose a aquel personaje que estaba a pocas cuadras de la fuente principal del pueblo.
-Buen día -contestó el anciano, que apenas levantó la cabeza y dijo sus palabras sin mucha emoción.

-¿El señor nos puede informar que hace en el pueblo?..... sabemos que no es de estos lares -agregó el policía yendo directamente al grano y en un tono ahora más serio.
-Vengo a visitar un pariente muerto.... está en el cementerio. -Contestó nuevamente el hombre, sin mucha intriga en sus palabras.
-Hmmm, claro, claro - Contestó rápidamente el policía, que ya no sabía cómo abordarlo con nuevas preguntas, pero añadió:
-Y donde está durmiendo?.
El hombre no contestó, pero después de una pausa, devolvió su voz con un pedido.
-¿Será que en la estación de la policía me pueden regalar de comer una arepita pequeña y poco de miel?.
El policía, que de antemano sabia de los ya extraños pedidos del hombre, accedió a darle aquellos bocados, aunque su plan era llevarlo a la estación a que lo interrogara directamente el coronel.
-Si claro, tenemos mucho de eso en la estación... !acompáñeme! -dijo el policía con una enorme sonrisa.
Sin embargo, no habían cruzado dos calles en dirección a la comandancia, cuando aquel hombre, que ahora entraba en el misterio, había desparecido. Muchas penas había de pasar aquel policía al informar de la situación anterior a su superior. Este, que no le había, ni le daba mucha importancia al asunto, solo masculló una palabras, que en resumen ordenaban que buscaran al anciano de manera informal por el pueblo.
Días más tarde, entraba apresurado a la estación de policía, el vigilante del cementerio relatando una tétrica escena. Había encontrado muy de mañana una de las tumbas más viejas del lugar, totalmente abierta. Relataba que el ataúd estaba en el piso, que había sido abierto y que el cuerpo, aun dentro del féretro estaba rociado con "algo". Añadió, todavía con la lengua jadeante, que había comida regada alrededor de la tétrica escena.
De inmediato partió una comitiva hacia el cementerio, donde efectivamente encontraron dicha escena. Con más detalles, se esclareció que la comida no era más que pedazos de arepa, cortados en forma de media luna y que no estaban al azar tirados en el piso, sino que formaban una figura de estrella de cinco puntas alrededor del ataúd.
Algunos lugareños curiosos presentes en el lugar, entrelazaron lo ocurrido con el extraño anciano y sugirieron que el "algo" que bañaba al esquelético cuerpo no era más que simplemente miel. De hecho olía a dulce y parecía miel.
-¡Brujería! -murmuraban los pocos curiosos de aquella mañana en el cementerio.
Con el desconcierto de la policía, la historia se regó como el agua por todo el pueblo y a cada momento se adornaba el relato en los bares y en las esquinas, con detalles del anciano o del cuerpo desenterrado. Algunos escucharon elaboradas historias alrededor del aquel hombre, del cual nunca más se supo ni se divisó por el lugar, a pesar de que esta vez, se hizo una exhaustiva búsqueda.
Y más que quedarse el incidente en el olvido, la historia se volvió leyenda para deleite de los contadores de cuentos, sin saber a ciencia cierta quién era aquel hombre o cual fue su verdadero propósito en el lugar.

//alex


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