Ña Lupe. Otros cuentos


Ña Lupe

Autor: Javier Britos

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Cuento publicado el 03 de Marzo de 2016


Un viernes cualquiera, llegaba tarde para abordar el tren de las 18.15 hs que me permitiría arribar a mi casa justo a horario para no perderme mi programa de televisión favorito. Tenía sólo quince minutos para recorrer doce cuadras, comprar el boleto y tomar el tren. La calle peatonal estaba repleta de caminantes distribuidos en todas las direcciones posibles, acelerando el paso, frenando, chocándose como hormigas sin mirarse, volviendo a arrancar, como si alguien hubiera dado la orden de evacuación de la ciudad.

Con un poco de suerte y sacrificio, podría ser uno de los primeros en la fila del andén y asegurarme un lugar donde sentarme y dormir aunque fuera por unos minutos. Confiaba en mi estado físico y en mi habilidad, perfeccionada en más de trescientas carreras con el mismo fin, para esquivar transeúntes y automóviles. Revisé los cierres de mi mochilla para asegurarme de no perder las llaves o monedas como me pasara en otras oportunidades, y comencé la carrera.
Las primeras tres cuadras las hice en un buen promedio y sin mayores obstáculos que los de siempre, ya en la quinta cuadra la cosa se empezó a complicar, el lento caminar de una manifestación ocupaba todo el ancho de la avenida que tenía que cruzar y la curiosidad de la gente que observaba parada a los bordes de la misma entorpeció mi paso. Al intentar cruzarla me encontré con un cordón de policías que impedían hacerlo, el reloj marcaba las 18.05 y no estaba dispuesto a perderme aquél tren, más aún sabiendo que el próximo partiría veinte minutos más tarde arruinando mi promedio e impidiendo llegar a tiempo para ver mi programa sin perderme el principio.
A mi izquierda se veía abarrotado de gente hasta por lo menos cinco cuadras más, tomé hacia la derecha que parecía más prometedor y aumenté la velocidad de mis pasos en búsqueda de algún atajo que me permitiera llegar a tiempo. A la segunda cuadra la manifestación continuaba pero con mucho menos gente en sus filas y sin policías a la vista. Me abrí paso a los empujones entre un grupo de gordos con pecheras rojas que cantaban al tiempo que sacudían unas banderas desteñidas, escuché sus insultos pero no tenía tiempo para pedir disculpas ni para jugar al macho, así que seguí corriendo, por fin tenía el paso libre asegurado sin interrupciones, por lo menos hasta llegar a la gran avenida que me separaba de la estación de trenes.
Corrí los últimos metros a toda velocidad tratando de alcanzar el semáforo a mi favor, pero la luz amarilla fue como una bandera de largada para los momentáneos pilotos de fórmula uno que nos miraban con cierto goce, haciendo retroceder asustados a los que no habían llegado hasta la primer mitad de aquél desafío.
Los más ansiosos observábamos el semáforo mientras tratábamos de ganar algunos centímetros con pasos cortos para ser los primeros cuando la luz cambiara a nuestro favor.
Me quedaban cuatro minutos, sabía que podía lograrlo. Apenas se puso en amarillo los de las primeras filas nos largamos a la carrera obligando a frenar a los autos y taxis, frustrando su intención de seguir hasta el próximo semáforo, mientras nos intercambiábamos insultos sin perder el paso.
Los puestos ambulantes en la vereda de la estación eran el último obstáculo a sortear pero no representaban ningún riesgo ya que mis pies estaban programados para subir y bajar del cordón de la vereda, pasar a los más lentos y esquivar a los que venían de frente manteniendo su dirección a cualquier precio.
Ingresé en la estación. Los relojes en lo alto de las paredes por arriba de la tabla de horarios marcaban las 18.13hs, corrí a la ventanilla, respiré refunfuñando en el hombro de una señora que estaba pagando un boleto de centavos con un billete de los grandes poniendo en riesgo los valiosos segundos que me separaban del viaje.
Por fin llegué al molinete, saludé levantando la mano sin darme vuelta a mirar a alguien detrás de mí que gritaba mi sobrenombre, mostré el boleto como si fuera una credencial, y me apresuré a alcanzar las puertas del primer vagón que estaban a punto de cerrarse producto del pitazo del guarda ordenando la partida.
Por suerte no estaba tan lleno. Agitado empecé a recorrer el tren confiando en mi suerte para encontrar un asiento vacío. No tardé mucho en hacerlo, en el tercer vagón, casi en el medio del lado del pasillo había uno de esos misteriosos lugares vacíos que todos miran pero en los que nadie decide sentarse sin saber por que. Me senté, miré a mi alrededor, busqué en el piso, olfateé para ver si encontraba algo raro pero nada. Me esperaban unos cuarenta minutos de viaje así que abracé mi mochila, apoyé mi cabeza en ella y cerré los ojos por si acaso algún inesperado conocido se cruzaba conmigo e intentaba iniciar una charla.
El típico sonido del tren rodando por las vías fue la canción de cuna que precipitó mi sueño. Saboreé ese segundo de placer previo a quedarse dormido, el último recuerdo hasta ser despertado.
En medio de sueños un hombre que viajaba a mi lado me pedía permiso tironeándome del hombro mientras yo recogía mis piernas para dejarlo pasar. Todavía medio dormido miré a través de la ventanilla buscando algún dato que me indicara en que estación estábamos, pero no reconocía nada de lo que tenía a la vista. El andén parecía un esqueleto, techado con pedazos de chapa agujereados, despintado, con pasto que crecía del piso, rodeado de nada, y una calle de tierra corría paralela a las vías dejando ver lo que parecía un pequeño pueblito. Me levanté de un salto y corrí a bajarme creyendo que me había pasado de estación. Lo primero que hice fue buscar un cartel que me indicara en donde estaba, pero al ver que no existía tal cosa le pregunté a un chiquito con pelo sucio y ropa raída que se encontraba pidiendo monedas a cambio de estampitas a los que bajaban.
-¿Dónde estamos, que estación es esta?-
- Una monedita por favor- me respondió.
Busqué en mis bolsillos pero no tenía ninguna, ahí recordé que las había dejado en el bolsillo de mi mochila.
-¡Mi mochila, nooooo! Grité mientras apoyaba la mano en mi frente y giraba como un trompo mirando para todos lados.
El chiquito me miró y comenzó a reír mientras se burlaba:
-Lo afanaron, lo afanaron-
Y sí, me había quedado dormido y me habían robado la mochila con las únicas monedas que tenía para viajar de vuelta a mi casa.
-Señor disculpe, ¿Qué estación es esta? Le pregunté a un encorvado anciano de pantalones al pecho que esperaba en el andén.
-Santa Lucía - me dijo como si fuera algo obvio.
-¿Santa Lucía?, ¡pero yo soy un tarado!- me decía hundiendo mis ojos en mis manos como queriendo ocultarme de mi mismo.- Me equivoco de ramal, me quedo dormido, me afanan y no tengo como volverme – seguía gritando.
Traté de tranquilizarme para pensar claramente. La única salida era tomarme un remis y al llegar a mi casa buscar plata y pagarlo.
-Discúlpeme otra vez Sr., ¿una agencia de remises por acá?-
El viejito se alejó un par de pasos asustado por haberme visto gritar.
-¿Remises?, acá no hay remises mijito- me respondió mirándome extrañado como si le hubiera preguntado por alguna terminal espacial.
-¡Cómo que no hay remises!, ¿y un taxi?- pregunté convencido de obtener una respuesta favorable.
-¡Ma que taxis!- me respondió el viejito mientras se alejaba riéndose.
“¡Como no va a haber taxis o remises, no puede ser!” pensaba mientras miraba alrededor buscando alguna respuesta. Pero cuánto más miraba, más me preocupaba. La estación de Santa Lucía parecía estar en medio del campo y perdida en el tiempo. Un par de autos medio destartalados haciendo ruido por la calle de tierra, una panadería improvisada en el garage de una casa en ruinas, un kiosco con el nombre despintado, una carreta tirada por un caballo viejo cruzando la vía, algunas cuadras de casas de pueblo por aquí y por allá, y nada más. Estaba perdido.
-Es verdad jovencito, acá en Santa Lucía no hay taxis ni remises, pero no se preocupe- me dijo una vocecita suave y dulce de alguien que parecía estar leyendo mis pensamientos.
Me di vuelta y la vi sentada en lo que quedaba de un viejo banco de estación deteriorado por el tiempo. Una señora de edad confusa me miraba con su cabeza, pero no así con su vista. Al ver su bastón blanco apoyado a un costado, y esa mirada tan especial fija en la nada, comprendí lo obvio, era ciega. Debería tener entre sesenta y setenta años, bajita y robusta, de piel color bronce, con una sonrisa generosa de dientes parejos y blancos, ojos negro profundo al igual que su pelo tirante que terminaba en un prolijo rodete del que no se escapaba un solo pelo. Mocasines negros gastados por el tiempo, una pollera tejida de varios colores, pullover verde, saquito de lana rojo y bufanda marrón vestían de alegría a esta simpática mujer.
-Venga, siéntese- me invitó corriéndose a un costado y dando golpecitos con su mano en el banco.
Miré la hora, ya no había ninguna posibilidad de llegar a tiempo a casa a ver mi programa. Resignado me senté a su lado.
-Gracias señora-
-¿Mal día?- me preguntó con una sonrisa cálida y permanente.
-Si señora, en el apuro me equivoqué de tren, me quedé dormido, me robaron la mochila, me perdí mi programa de tele favorito, y encima no tengo plata para volver- le dije con cierta culpa por quejarme delante de una ciega.
-Pero no importa, hay cosas peores- agregué tratando de aliviar mi culpa.
-No me diga señora, me hace sentir una vieja, todos me dicen Lupe.-
-Mucho gusto Lupe, a mi me dicen Toto-
-Ahí se acerca otro tren- me dijo- en cinco minutos más o menos está acá, y si no me equivoco viene de la derecha – mientras me lo decía, inclinaba su cabeza hacia ese lado como tratando de escuchar.
Yo hacía un esfuerzo por escuchar también, pero no oía nada. Tampoco se veía nada a lo lejos y las barreras seguían abiertas.

-¿Y cómo sabe?- pregunté asombrado.
- Soy ciega desde que nací, y parece que eso ayuda a que uno desarrolle más el resto de los sentidos. También puedo oler a gran distancia, percibir los movimientos que hay alrededor mío, que se yo, esas cosas-me dijo moviendo la mano como restándole importancia.
Efectivamente, un par de minutos después ya se empezaba a escuchar un tren que venía de la derecha.
-Tenía razón Lupe, ahí viene el tren- le dije con una sonrisa que ella no podía ver.
-¿Se toma éste?- le pregunté.
- No Toto, no estoy esperando el tren. Me gusta venir a esta hora a escuchar los ruidos de la estación nomás-
Yo no sabía si aquélla sonrisa natural y permanente era algo común en la gestualidad de los ciegos, o si era un reflejo espontáneo del sentir de Lupe.
-Escuhe, escuche- me dijo tironeándome despacito de la manga de mi camisa- esa es una torcaza, ¿la escucha?- su sonrisa se ampliaba aún más.
Seguí la dirección de su vista y la pude ver, estaba parada en lo alto de un árbol, del otro lado de la vía.
Por un instante noté como mientras alzaba su cabeza en dirección al cielo, respiró hondo, cerró los ojos, y sonrió complacida como agradeciendo aquel instante.
De repente se puso seria, miró hacia donde yo estaba y me preguntó.
-Discúlpeme, ¿y cual es ese programa que tanto le gusta y se va a perder? –
No sabía que responderle, me sentía ridículo hablándole de un programa de tv a ella, y ya no porque fuera ciega.
Pareció percibir mi vergüenza por que me dijo:
-Vamos cuénteme, yo no veo, pero también me gusta escuchar la tele- su mirada especial se fijó ansiosa en mi cara esperando mi respuesta.
-Es una serie típica, el malo, el bueno, la chica, acción, un poco de suspenso y no mucho más que eso. En realidad soy casi adicto a la tele-
-¿Y a qué hora empieza ese programa?-
Miré mi reloj, hacía diez minutos el programa ya había empezado.
-No, ya empezó pero no importa-en realidad ya no importaba.
Me tomó del brazo, y su expresión cambió a una de sorpresa, como si hubiera descubierto algo.
-Ya se, ya se, le propongo algo- me dijo con la misma inocencia de un niño.-Ya es hora de que vuelva a mi casa, si quiere puede hacer el favor de acompañarme, de paso puedo darle algo de plata para que vuelva a su hogar. Quizás pueda ver aunque sea un pedacito del programa-al terminar la última palabra aplaudió despacito un par de veces con sus manos regordetas, sin quitar la sonrisa de su cara como celebrando aquélla idea.
Para mí no sería ningún favor, tampoco lo haría por el interés de la plata o aquélla bendita serie. La ingenuidad y pureza de esta desconocida le estaban dando un color especial a aquél momento. Casi sin darme cuenta me había olvidado del robo, de la plata, del lugar donde estaba. Toda mi atención se había centrado en observar y disfrutar de su compañía.
-Pero Ud. no me conoce, ¿no tiene miedo de llevar un desconocido a su casa, que la robe, que la lastime? Es muy generosa, pero no quisiera abusar de su confianza.-
-¡Vamos entonces!- me dijo mientras se paraba con la misma agilidad de sus palabras.
Me reí entendiendo que aquellas dos palabras envolvían las respuestas a mis preguntas.
Empezamos a caminar, ella se tomó de mi brazo mientras que con el otro tanteaba el camino con su bastón blanco, aunque no parecía hacerle falta. Esquivó todo lo que encontraba a su paso. Se detuvo ante la sorpresiva aparición de un automóvil que ni yo había visto, rodeó los regalitos dejados por algún perro de la zona, y se agachó para esquivar alguna que otra rama mientras su cabeza actuaba como un radar girando atenta a cada sonido que nos rodeaba.
Empezamos a caminar por una calle de tierra rodeada de árboles altos y frondosos, y de espacios grandes y verdes con humildes casas llenas de animales. La estación ya había quedado un par de cuadras atrás. Durante unos minutos seguimos en silencio mientras la observaba con atención. Con su bastón me señalaba los animales que emitían sonidos que ella imitaba riéndose. En un momento me desvió del camino acercándonos a una zona alfombrada de flores, acercó su nariz y comenzó a olerlas invitándome a que hiciera lo mismo. Poco a poco los sonidos, los olores, los colores comenzaron a tomar otra dimensión para mis sentidos, como si nunca antes hubieran existido.
-¿Lo sientes?- me preguntó adivinando mi asombro.
-Si, este lugar es algo especial- le dije.
-No, no, no. No es el lugar, eres tu- me dijo apretando mi brazo-a veces llenar la cabeza de pensamientos nos impide disfrutar de nuestros dones.
Había empezado a oscurecer y el cielo se empezaba a completar con estrellas.
-Cuéntame, ¿va a ser una noche hermosa no?-
Miré hacia arriba.
-Si, está muy clara, cambiando a un azul imponente, poblado de estrellas.-
-Eso, eso es lo único que desearía conocer-me dijo-los colores. He oído hablar mucho de ellos desde que era chica, me los he imaginado de muchas formas distintas, pero creo que nunca como deben ser en la realidad.-su eterna y alegre sonrisa, había cambiado por otra demostrando cierta tristeza y resignación.-Se cuando es de día, cuando es de noche, que es claro y que es oscuro, pero me cuesta imaginarme algo tan bello como dicen que son los colores.
-Y a ti, ¿cual es el color que más te gusta? Me preguntó recuperando aquélla sonrisa.
-El color que más me gusta, el que más me gusta- repetía hacía un esfuerzo por elegir alguno, pero nunca le había prestado demasiada atención.-todos, no hay ninguno en especial- contesté mientras seguía pensando en eso.
-Quizás se deba a que son todos especiales ¿no? – preguntó arqueando sus cejas.
Lo más delicioso de sus comentarios era que no parecían nacer de la intención de enseñar algo, sino más bien como una deducción espontánea, del momento.
-Como los animales, las estrellas, las flores, los olores, las personas, los amores, todos son especiales -continuó.
No me daba tiempo a terminar de disfrutar de aquéllas frases, frases que ya había escuchado varias veces pero que oídas de la boca de Lupe parecían tener otro significado, que enseguida me sorprendía con alguna otra sencillez reveladora.
-¿Así que es ciega desde que nació? Le pregunté intuyendo que no le molestaría
-Si, desde que nací. Y siempre se lo agradezco a Dios en mis oraciones, si hubiera perdido la vista de grande habiendo conocido lo que es poder ver, no se si lo hubiera podido soportar- unas pequeñas risas acompañaron el final de sus palabras, desdramatizando la situación.
-Y a ti, ¿Qué cosa que tienes no te gustaría perder? Me preguntó fijando la posición de sus ojos en dirección a mi cara.
-No sé, pero creo que no es ni la vista, ni la audición, ni una parte del cuerpo. No me gustaría perder a un ser querido- le dije, descubriendo aquélla respuesta en ese mismo instante.
-Ah, entonces debes tener una familia hermosa-me contestó apretando cariñosamente mi brazo.
-¿Y Ud.?-le pegunté-¿con quién vive?
-Ahora vivo sola, pero durante treinta años estuve acompañada por el cieguito más bueno que puedas imaginar. Nos conocimos en el colegio especial, y desde ahí no nos separamos más hasta hace ocho años en que tuvo que irse, el Señor parecía necesitarlo más que yo-otra vez aquéllas adorables risitas acompañaron el final de su respuesta.
Enseguida apuró el paso, me preguntó si ya estábamos cerca de una vieja estación de servicio, me fijé, y estaba media cuadra delante nuestro, justo en la esquina.
-Si, estamos a media cuadra Lupe-
Sus dientes blancos parecieron multiplicarse al ampliar su eterna sonrisa aún más.
-Bueno, ahora te voy a presentar a un pequeño amigo mío- me dijo
Llegamos a la estación de servicio, subimos a la vereda, me soltó el brazo, y empezó a caminar bordeando las oficinas como buscando algo.
-Hola Picasso!! ¿cómo anda mi amigo?- escuché decirle unos metros delante de mí.
Cuando llegué la encontré acariciando un hermoso loro multicolor que se encontraba parado al borde de un cilindro de aceite.
-Picasso, te presento a mi nuevo amigo Toto- le dijo señalándome
-Hola Picasso-
“Hola, hola” me contestó el loro como si fuera una grabación.
Lupe sacó del bolsillo de su chalequito de lana unas cuantas semillas que comenzó a darle a al loro, quién comía gustoso mientras agradecía repitiendo como lo que era: “racias, racias”.Puso algunas semillas en mi mano y me invitó a hacer lo mismo. Al poco tiempo el loro hablaba sin parar, diciendo todo tipo de barbaridades, haciéndonos reír cómplices de aquel momento.
-¿Cómo puede ser que sepa tantas malas palabras? Le pregunté a Lupe entre risas
-Shhh, no diga nada, yo se las enseño- me contestó llevándose su manito a la boca, tratando de controlar su risa.
Nos quedamos algunos minutos más enseñándole algunas malas palabras nuevas hasta que Lupe escuchó venir los pasos del dueño del loro, y huimos acelerando el paso entre risas, como dos niños que acaban de hacer una travesura.
Caminamos un par de cuadras más en silencio, tratando de recuperar el aliento no tanto por la huida, sino por las risas.
-Bueno, ya estamos cerca- me dijo-una cuadra más y llegamos.
Una pequeña dosis de tristeza se filtró en mi corazón. En el poco tiempo de conocerla, Lupe había conseguido desenterrar viejas sensaciones que se encontraban ocultas debajo de la inconciente rutina en que se había transformado mi vida.
-Ya llegamos-me dijo-¿Qué pasa Toto? ¿estás bien? Me preguntó regalándome su más hermosa y cariñosa sonrisa, como sabiendo en lo que yo estaba pensando.
-Ah, acá están las moneditas, ¿te alcanza con esto?- preguntó mientras revisaba su pequeño monedero en busca de algunas más.
-No, no está bien, con esto alcanza y sobra. Muchas gracias, en cuanto pueda se lo devuelvo-le dije apretando con mis dos manos las suyas.
-No hace falta mijo, déselas a alguien que ud. crea lo necesita, con eso será suficiente.-
-Bueno, gracias otra vez, fue un placer acompañarla estas cuadras-
Acercó su mejilla a la mía, y tomándome de la nuca en forma maternal, me dio el más tierno de los besos.
-Cuídese- me dijo- y ande tranquilo que apurado no se llega a ningún lado, y si llega se pierde el viaje-terminó riéndose
-Trataré Lupe gracias por todo-
Empecé a caminar de regreso a la estación. A los pocos metros me di vuelta para verla, pero ya no estaba. Una agradable sensación de paz me acompañaba. El recuerdo de su imagen le arrancaba una sonrisa a mi rostro pero sobre todo a mi corazón. Me costaba relacionar aquél sentir con alguna otra persona que no perteneciera al núcleo de mis afectos. Quizás lo que más me sorprendía era el haber tomado conciencia de que en el tiempo que había durado su compañía, yo había sido otro distinto al que acostumbraba estando en sociedad, no hubo lugar para mis acostumbrados prejuicios, ni para falsas posturas o demostraciones simuladas. Todo lo que había salido de mi lo había hecho en forma real, pura, espontánea, sin ningún tipo de pensamientos que estorbaran el placer de compartir aquéllos pocos minutos con Lupe. Incluso eso, el tiempo, tan presente en todas mis actividades, esta vez había desaparecido como ofendido por no ser tomado en cuenta.
Tomé el tren de regreso pensando en lo distinto de aquélla experiencia, quería volver a verla, mantener el estado al que ella me había llevado .La excusa de devolverle su préstamo serían suficientes para visitarla el próximo viernes al salir del trabajo.
Durante la semana siguiente, en algún momento del día, Lupe aparecía de forma inesperada interrumpiendo algún pensamiento innecesario, refrescando mi memoria y mis ganas de verla, cambiando mi ansiedad infundada por una placentera calma.
Llegó el viernes, y como hacía desde exactamente una semana atrás, ya no había ningún apuro por tomar el tren y llegar a tiempo a sentarme frente al televisor. A paso tranquilo, por la misma peatonal corrida tantas veces, me dirigí a su encuentro.
Luego de caminar las calles de tierra de Santa Lucía, de detenerme unos segundos a jugar con el loro boca sucia, llegué a la puerta de la casa donde me había despedido de ella.
Toqué el timbre y una niñita de unos seis años abrió la puerta dejando medio cuerpo dentro de la casa.
-Andá adentro-le dijo una señora que salía secándose las manos en un delantal de cocina-¿A quien busca?-me preguntó desconfiada.
-A la Sra. Lupe, soy Toto, y le venía a devolver una plata que me había prestado-
-¿Lupe? Aquí no vive ninguna Sra. Lupe- me dijo frunciendo el seño.
Miré a mi alrededor para asegurarme de no haberme equivocado de casa, pero estaba seguro de que era ahí.
-Y por casualidad, ¿no conoce a una tal Sra. Lupe que viva por acá? Es morocha, bajita, ciega y de una gran sonrisa-
-No, por acá no vive ninguna Sra. Lupe, se debe haber equivocado de dirección- me dijo y cerró la puerta.
Me quedé parado unos minutos observando todo, tratando de acordarme del lugar, pero no tenía dudas. La única posibilidad, pensé, sería que ella no haya querido que conozca su verdadero domicilio, en realidad yo nunca la había visto entrar.
Confundido volví caminando a la estación, subí al tren, y cuando estaban por cerrar la puerta, el mismo chico que pedía limosna en el andén la semana anterior, estiró su mano, me entregó una estampita dándole a cambio las monedas destinadas a Lupe. El tren arrancó.
Al llegar a casa, me estaba desvistiendo cuando la estampita cayó del bolsillo quedando la imagen boca arriba. La levanté, y al ver a la Santa dibujada en el frente de la misma, la sorpresa me obligó a agudizar mi vista. Era Lupe, o una santa igual a ella. Seguí observándola, su sonrisa, el color de su piel, su pelo, incluso la ropa era parecida a la que vestía Lupe aquél día.
La di vuelta y decía: “Santa Lupe, protectora de las almas ansiosas y de los esclavos del tiempo“, el texto finalizaba con una oración religiosa.
Nunca supe ni me interesé en averiguar si todo aquello había sido una mera coincidencia, una casualidad, o si me había encontrado con la mismísima Santa Lupe.
Creo que a ella no le hubiera gustado que me perdiera aquel viaje por dedicarle tiempo a pequeñeces.

//alex


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